CROILO
El silencio y la oscuridad se habían adueñado de la Villa. Poco antes de la medianoche nadie transitaba por las calles. Los borrachos que apuraban su última copa en los mesones sabían que, a partir de las doce, deambular por el poblado en su estado podía acabar dando con sus huesos en el calabozo municipal.
En la tortuosa calle en la que se agrupaban los talleres de relojería de la ciudad, sólo una casa presentaba signos de alguna actividad. Una luz tenue que apenas podía verse a través de las contraventanas descendía lentamente desde la planta alta a la baja, haciéndose algo mas intensa cuando su portador pasaba frente a los huecos que durante el día proporcionaban luz natural a la escalera.
Como todas las noches desde hacía más de sesenta años, el viejo maestro relojero bajaba antes de acostarse al taller para hacer su último trabajo de la jornada. La afinada y monocorde orquesta bien pareciera que estaba esperando a su director, cuya misión no era cambiar los registros del sonido o acompasar los acordes, sino darles su impulso para que ningún instrumento decayera un segundo y pusiera en peligro la melodía que, en su concepción del mundo, no podía detenerse ni un instante.
Cuando la luz del quinqué comenzó a desperdigarse por la estancia, la escasa vida que poblaba el taller se puso en movimiento: los ratoncitos se cruzaban en carreras alocadas de un lado a otro, rozándole los pies al maestro; las pequeñas arañas se desplazaban por los estantes con paso lento y señorial; y hasta las salamanquesas refugiadas detrás de los relojes de pared, daban un corto sprin para detenerse sobre la pared, ya solo protegidas por su mimética quietud.
Comenzó por los relojes más pequeños que descansaban sobre las estanterías y terminó ayudándose de una pequeña escalera para alcanzar los de pared. Procedía a limpiarles el polvo con una bayeta y a darles cuerda hasta llegar al tope del mecanismo. Terminada su tarea, la oscuridad se adueñó de aquel mundo nocturno pero la vida seguía allí, envuelta en el silencio monocorde del tic-tac de los relojes.
Cuando afrontaba el último tramo de la escalera, una fatiga asfixiante a la que esperaba desde hacía años, se le instaló en el pecho y apenas alcanzó el maestro a desnudarse y meterse en la cama.
El pueblo entero se había concentrado en la iglesia para despedir al maestro que era tenido en la comunidad por hombre sabio y trabajador, de buenas costumbres y conocedor de su oficio.
En primera fila la familia, la poca familia que le quedaba, seguía el funeral como ausente, cumpliendo el trámite que imponía la tradición. Solamente Croilo, un adolescente de doce años nieto del maestro, seguía con atención la homilía. El Párroco, revestido con una casulla roja y dorada, trataba de hacer llegar a la concurrencia la doctrina de la Iglesia sobre la muerte como un tránsito a la vida eterna, como un día de alegría para los que comparten la fe. De vez en cuando salpicaba el discurso de alusiones a las virtudes del hermano que, con toda seguridad, estaba ya en presencia de Dios.
--- Nuestro hermano, con sus obras en esta vida, se ha ganado el descanso para toda la eternidad, allí, donde no existe el tiempo, ni el sufrimiento, ni las pasiones, sólo la contemplación beatífica de la Divinidad.
A Croilo que adoraba a su abuelo no le gustaba lo que estaba oyendo. Sabía, porque el anciano se lo había explicado desde que tenía uso de razón, de su obsesión porque los relojes del taller no parasen nunca.
---Croilo, mientras los relojes estén marchando, la vida continuará.
Terminada la ceremonia, su padre y él mismo, recibieron el pésame de los vecinos que les estrechaban la mano como autómatas. Al volver del cementerio su padre le rodeaba los hombros con el brazo como si se apoyara en él.
--- Padre, al abuelo no le debe gustar estar en ese sitio que ha dicho el cura, en la eternidad; debe ser un sitio muy aburrido.
--- No digas eso donde te puedan oír, pero, sí, llevas razón. Al abuelo lo que le gustaba era vivir, aunque todos tengamos que morir algún día. Para el abuelo la vida éramos tu y yo y puky, nuestro perro, y todos los animales y cosas que nos rodean. No está en la eternidad como dice don Julián, sino en la vida, contigo y conmigo.
La vida es cambio, evolución, transformación y, desde luego, ese concepto de eternidad estática no comulga bien con su pensamiento en el que el tiempo era una apreciación subjetiva de la realidad en continuo progreso. Mientras alguien tenga la capacidad de percibirla, la vida seguirá. Bueno, Croilo, no se porqué te cuento estas cosas que tu no puedes entender.
Una sombra pequeña y frágil descendía por la escalera. Cuando la tenue luz del candil comenzó a desvirgar la oscuridad de la habitación, no se oía ni un ruido ni se apreciaba un solo movimiento. Todo permanecía inerte. Croilo comenzó a hacer lo que había visto hacer a su abuelo una noche en la que no podía conciliar el sueño y lo siguió sin que se diera cuenta. Comenzó a dar cuerda a los relojes de los estantes y terminó por los de pared. La orquesta se fue poniendo en marcha siguiendo la batuta del joven director. Los pequeños seres vivos salieron de su letargo y la vida se hizo presente de nuevo, renacida, en el taller del viejo maestro.
jueves, 9 de abril de 2009
sábado, 13 de diciembre de 2008
AL FINAL
AL FINAL
El día estaba resplandeciente como los otros quince que habían transcurrido desde que estaban juntos. El tiempo, por lo general revuelto en primavera, quiso acompañar los primeros momentos de la nueva andadura, quizá la última, que habían comenzado y que estaban dispuestos a vivir intensamente.
--Cariño, me parece mentira estar aquí, a tu lado, mirándote, con tu mano cogida. Hemos esperado tanto tiempo.
-- Fue necesario esperar y, ahora, tenemos que aprovechar no solo el tiempo perdido sino el que aun nos queda por vivir.
La mujer con su mirada traspasó las pupilas de su compañero como si quisiera escudriñar en su interior. Sus ojos verdes que empequeñecían el color del mar, le sonrieron (a veces la sonrisa se instala en los ojos).
--Sabía que eras así, tal como eres, tal como te intuí desde que te saludé por primera vez.
El rostro del hombre, cuarteado por la edad, mostraba unas bolsas oscuras enmarcando los ojos, pequeños pero aun vivos y chispeantes, que le hacían llegar a ella lo que sentía sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Comenzaron a andar por la playa desierta acariciados por los tenues rayos del sol que al elevarse sobre el mar parecía hacerles un guiño de complicidad. La soledad durante aquel paseo rutinario y vivificante, no les incomodaba. Habían dado tanto a los demás durante tanto tiempo que, ahora, por fin, eran conscientes de que había llegado su momento.
El día estaba resplandeciente como los otros quince que habían transcurrido desde que estaban juntos. El tiempo, por lo general revuelto en primavera, quiso acompañar los primeros momentos de la nueva andadura, quizá la última, que habían comenzado y que estaban dispuestos a vivir intensamente.
--Cariño, me parece mentira estar aquí, a tu lado, mirándote, con tu mano cogida. Hemos esperado tanto tiempo.
-- Fue necesario esperar y, ahora, tenemos que aprovechar no solo el tiempo perdido sino el que aun nos queda por vivir.
La mujer con su mirada traspasó las pupilas de su compañero como si quisiera escudriñar en su interior. Sus ojos verdes que empequeñecían el color del mar, le sonrieron (a veces la sonrisa se instala en los ojos).
--Sabía que eras así, tal como eres, tal como te intuí desde que te saludé por primera vez.
El rostro del hombre, cuarteado por la edad, mostraba unas bolsas oscuras enmarcando los ojos, pequeños pero aun vivos y chispeantes, que le hacían llegar a ella lo que sentía sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Comenzaron a andar por la playa desierta acariciados por los tenues rayos del sol que al elevarse sobre el mar parecía hacerles un guiño de complicidad. La soledad durante aquel paseo rutinario y vivificante, no les incomodaba. Habían dado tanto a los demás durante tanto tiempo que, ahora, por fin, eran conscientes de que había llegado su momento.
lunes, 24 de noviembre de 2008
ASFIXIA
ASFIXIA
A las dos de la mañana de un sábado de verano, unas risitas sordas, tenues, sin ninguna estridencia, se oyeron en el hall del lujoso edificio de apartamentos.
--Shii, calla, que nos van a oír-
La mujer tiró de la muñeca del hombre hacia el ascensor volviéndose hacia él con una sonrisa entre burlona y pícara. Cada pasito se paraba para darle un beso corto e intenso que él intentaba prolongar; ella seguía arrastrándolo hacia aquel artefacto que en un minuto los llevaría al cielo.
--Anda sube..
Sin darse cuenta, abrazados y casi tropezando, se encontraron en la cabina. Ahora si, la mujer le perforó la boca con su lengua que, en continuo movimiento, le acariciaba hasta el paladar. En un segundo, mirando de reojo hacia el panel y mientras seguían besándose, pulsó el botón del séptimo. Un ruido inconfundible selló el habitáculo al tiempo que el ascensor se puso en movimiento.
Súbitamente la sangre se le subió a la cabeza congestionándole el rostro, las pulsaciones se le dispararon y unas gotitas de sudor le resbalaron por la frente.
--Pero qué haces.
--Ya lo veras.
La mujer comenzó a desabrocharle el cinturón del pantalón mientras seguía besándolo.
El hombre la alzó del suelo hasta donde la mujer había ido descendiendo a medida que saltaba cada botón de la bragueta y la apretó contra sí.
--Me asfixio, me asfixio.
--Me asfixio.
A las seis de la mañana el portero detectó que el ascensor no respondía a su llamada y se dirigió al séptimo piso. Cuando llegó a la planta le pareció oír una voz queda que repetía una especie de letanía.
--No se preocupen los saco ahora mismo.
Con la llave consiguió abrir la puerta. La pared metálica del cubículo estaba rayada, el espejo roto, los cables del panel de mandos arrancados, la puerta interior abombada.
El hombre sentado en el suelo, lloroso, con sangre en las manos y la cabeza, mantenía entre sus brazos el cuerpo desmadejado e inerte de la mujer.
--Cariño, no debí entrar. Cariño no debí entrar.
A las dos de la mañana de un sábado de verano, unas risitas sordas, tenues, sin ninguna estridencia, se oyeron en el hall del lujoso edificio de apartamentos.
--Shii, calla, que nos van a oír-
La mujer tiró de la muñeca del hombre hacia el ascensor volviéndose hacia él con una sonrisa entre burlona y pícara. Cada pasito se paraba para darle un beso corto e intenso que él intentaba prolongar; ella seguía arrastrándolo hacia aquel artefacto que en un minuto los llevaría al cielo.
--Anda sube..
Sin darse cuenta, abrazados y casi tropezando, se encontraron en la cabina. Ahora si, la mujer le perforó la boca con su lengua que, en continuo movimiento, le acariciaba hasta el paladar. En un segundo, mirando de reojo hacia el panel y mientras seguían besándose, pulsó el botón del séptimo. Un ruido inconfundible selló el habitáculo al tiempo que el ascensor se puso en movimiento.
Súbitamente la sangre se le subió a la cabeza congestionándole el rostro, las pulsaciones se le dispararon y unas gotitas de sudor le resbalaron por la frente.
--Pero qué haces.
--Ya lo veras.
La mujer comenzó a desabrocharle el cinturón del pantalón mientras seguía besándolo.
El hombre la alzó del suelo hasta donde la mujer había ido descendiendo a medida que saltaba cada botón de la bragueta y la apretó contra sí.
--Me asfixio, me asfixio.
--Me asfixio.
A las seis de la mañana el portero detectó que el ascensor no respondía a su llamada y se dirigió al séptimo piso. Cuando llegó a la planta le pareció oír una voz queda que repetía una especie de letanía.
--No se preocupen los saco ahora mismo.
Con la llave consiguió abrir la puerta. La pared metálica del cubículo estaba rayada, el espejo roto, los cables del panel de mandos arrancados, la puerta interior abombada.
El hombre sentado en el suelo, lloroso, con sangre en las manos y la cabeza, mantenía entre sus brazos el cuerpo desmadejado e inerte de la mujer.
--Cariño, no debí entrar. Cariño no debí entrar.
viernes, 14 de noviembre de 2008
EL ESPIRITU DE LE VAN NAM
EL ESPIRITU DE LE VAN NAM
El anciano miraba con atención el panel de madera de teca que estaba trabajando. Movía su poderosa mano en círculos, de dentro a fuera, dibujando imaginariamente una espiral que semejaba en trazos invisibles el caparazón de un caracol. De vez en cuando, detenía el movimiento y retiraba la cabeza mirando en oblicuo el tablero en su afán de escudriñar cualquier imperfección en la superficie patinada.
-- Padre, ¿cómo está quedando ese tablero?
-- Bien, hijo. Las cosas siempre tienen que quedar bien. Cuando se resisten, como si quisieran rebelarse contra quienes las han de moldear, no queda otro remedio que redoblar el esfuerzo y, al final, siempre se termina consiguiendo que el trabajo quede perfecto.
-- Déjame, padre. Tu no tienes porqué hacer ese trabajo. Diriges esta explotación y tienes hombres a los que has enseñado a hacerlo.
El joven intentó apartar a su padre del tablero pero se encontró con una mirada intensa que se le clavó en las pupilas haciéndole bajar la cabeza. Desde la posición inferior en que se encontraba por su menor estatura y su espalda encorvada, levantó la vista hacia su hijo con una sonrisa y una mirada que ahora sabía a miel.
--Hijo, mírame. Déjame hacer lo que me apetece. Ya no me queda mucho tiempo de disfrutar con el trabajo.
Recuerda lo que ya te he repetido muchas veces: las obras de los hombres llevan su espíritu.
Anda, ve a vigilar el trabajo de los hombres que para eso eres mi capataz.
El joven se retiró con la cabeza inclinada y se perdió entre los obreros que en la gran nave cortaban la madera, pulían los tableros y encajaban las piezas de lo que acabarían siendo unas magníficas mesas de exterior.
Estaba comenzando comenzado la estación de los monzones y la lluvia, vivificante y mortífera al mismo tiempo, hizo acto de presencia. El viejo camión renqueaba por el camino embarrado que desembocaba en la gran explanada que circundaba el taller. En ese gran espacio abierto se almacenaba la mercancía y, utilizando un muelle que facilitaba la operación, se cargaba en los camiones que la llevarían a su destino.
El conductor bajo del camión con facilidad dando un salto desde el estribo.
--¡Hola Le Xuang! Tenéis que daros prisa en cargar antes de que esto se ponga feo. No quiero quedarme tirado por ahí.
--No te preocupes.
A su orden, el hormiguero humano se concentró en la tarea, y en poco tiempo el volquete del camión quedó repleto de embalajes de cartón. Cada uno contenía una mesa desmontada y perfectamente colocada en un mínimo espacio.
Cuando el camión arrancó, los hombres prorrumpieron en gritos de júbilo, como si hubieran batido un record de los que se anotan en el Guiness
--Muchachos, todavía queda trabajo por hacer.
Los hombres se dispersaron y volvieron a sus puestos.
--Padre, quien nos iba a decir que los franceses comprarían nuestros productos en vez de robárnoslos.
--Hijo, luchamos contra ellos hasta expulsarlos de nuestro país, como lo hicimos antes contra los chinos y después contra los americanos. Ahora son tiempos de paz, de intercambio y de cooperación. Me alegro de que una familia francesa pueda disfrutar de nuestros muebles. Los pagan bien, ¿no?
El camión embocaba la última curva del camino y el anciano levanto la mano como si despidiera a un familiar que inicia un largo viaje en busca de la prosperidad.
Apretaba el calor en la gran ciudad a orillas del Mediterráneo. Los treinta y cinco grados de temperatura y el sol cayendo a plomo sobre el asfalto, no impedían que en los alrededores de los grandes almacenes se registrara un bullicio inusual en aquella época del año. A la luz del día los grandes carteles fijados en la fachada del edificio perdían gran parte del misterio y glamour que la iluminación les proporcionaba durante la noche. La gente entraba con prisa queriendo traspasar rápidamente la barrera de aire caliente que abofeteaba sus caras y que separaba el infierno de la calle del cielo refrigerado que ofrecía colmar todas las ansias de felicidad del consumidor.
La voz femenina, suave y aterciopelada, se esparcía por el ambiente desde el sistema de megafonía perforando el cerebro de los potenciales compradores que, oyendo sin escuchar, interiorizaban los mensajes que se les dirigían.
“Semana de Oriente en el Corte Inglés. En todas las secciones disponen nuestros clientes de los más originales productos directamente importados de Oriente. Sin moverse de “su casa”, aquí los tiene usted.”
--Juan, deja ya de protestar. Será un momento. Te dije que necesitamos cambiar los muebles del jardín. Están impresentables.
--Pero si no tienen más de cinco años.
-- La humedad y el salitre los destrozan en poco tiempo..
La mujer, más que caminar cogida del brazo de su marido, tiraba de él hacia las escaleras mecánicas que los dejarían en la planta cuarta, donde estaba la sección de los muebles de exterior.
Había una gran variedad de mobiliario expuesto, pero la mujer, sin saber exactamente porqué, se encaminó al fondo donde un cartel multicolor anunciaba: “MUEBLES ORIENTALES”.
--Fíjate, Juan, ese comedor oscuro. Es original y muy bonito. Además parece muy bien acabado.
--Si, parece consistente. Esperemos que no tengamos que sustituirlo en cinco años.
La bella dependienta que se acercaba para atenderlos, antes de dirigirse a ellos, ya sabía que tenía la venta hecha.
--Han acertado en la elección. Es lo mejor que se pueden llevar. La relación precio- calidad es magnífica.
Descendían por la escalera y antes de llegar a la tercera planta de “caballero” una brillante idea asaltó a la mujer.
--Juan, necesitas unas camisas de verano.
--Por favor, María, tengo suficientes camisas de verano.
Con puntualidad inglesa, en la tarde del quinto día desde que hicieron la compra y tal como les habían prometido, la furgoneta de reparto de la firma aparcaba frente al chalet de la familia Llorens.
--Por favor, síganme. Monten los muebles debajo del cenador.
En una hora todo estaba montado y colocado.
--Juan, ven. Fíjate qué bonito ha quedado el comedor. Ha caído en su sitio.
El cadáver del patriarca llevaba expuesto en una esquina de la gran nave-taller cuatro días. Su hijo quiso que los últimos momentos en este mundo los pasara en aquel lugar al que había dedicado su vida, rodeado de su familia y de los trabajadores que veían en él ,más que a un jefe, a un padre que les había inculcado sus principios y sus conocimientos.
Llegó la hora de cumplir su última voluntad. Una procesión encabezada por Le Xuang vestido de blanco condujo el ataúd hasta la pequeña pira levantada casi a ras de tierra. En los vértices del altar funerario se levantaban cuatro figuras de madera policromada que los propios obreros habían esculpido reproduciendo el rostro y el cuerpo del maestro. Le Xuang acercó la tea y, al momento, todo aquel material combustible empezó a arder. Se recrudecieron los llantos y los rezos y en escasos momentos no quedaban sino ascuas sobre la tierra y pequeñas partículas rojas que en el anochecer salpicaban el aire.
La noche mediterránea consiguió por fin sofocar el calor de toda la jornada e imponer su frescor a las tórridas temperaturas que durante el día casi obligaban a zambullirse en las aguas del viejo mar.
María disfrutaba de la lectura hasta bien entrada la madrugada protegida del relente bajo el porche elevado de la casa. Desde allí divisaba todo el jardín y oía el arrullo del mar; sólo intuía su presencia y apenas vislumbraba la espuma blanca de las olas al romper.
¡Crac, crac, crac!
Una estampida de crujidos sordos le hizo dirigir la vista hacia el cenador tenuemente iluminado por pequeños faroles clavados en la tierra que delimitaban su espacio en medio de la noche. Aunque al momento se sobresaltó, la calma y el silencio que siguió al estrépito, la llevaron de nuevo a concentrarse en la lectura. Cuando el sueño comenzó a abrazarla con calidez, se retiró a descansar.
--Buenos días, Juan. Qué mañana tan espléndida.
Su marido la esperaba para desayunar ojeando el periódico. Le dio un beso con la naturalidad de la costumbre y, antes de sentarse, echó un vistazo debajo de la mesa. Nada justificaba el ruido que había oído durante la noche; sin embargo, algo extraño había en el suelo, justamente donde las patas de la mesa casi se clavaban en el césped. Un charquito de un líquido más viscoso que el agua y de color oscuro todavía se podía apreciar entre las briznas de hierba.
--Juan. ¿Has derramado el café?
--Cariño, sabes que siempre te espero para desayunar.
--Pues no sé que se habrá podido derramar. Va, no tiene importancia. Poco a poco se ira reabsorbiendo en la tierra.
A la caída de la tarde, Juan y María disfrutaban de la puesta de sol del mediterráneo. Como tantas otras tardes de otros muchos años, no querían perderse aquel espectáculo de la naturaleza, siempre igual y siempre distinto. Bastaba que una nubecilla se interpusiera en la visión, para que los matices del color y los contornos y las formas de aquel cuadro natural en movimiento, ofrecieran una nueva perspectiva.
--Juan. ¿Te has fijado que bien se conserva el comedor de exterior?
--Si. Ya hace cinco años que lo compramos y las mesas y sillas están como el primer día. Hicimos una buena compra.
--Mañana tendremos con nosotros a los niños. Voy a preparar una cena de postín.
--No te precipites. Quizá tengan otros planes.
--No creo. Saben que la primera cena de la temporada de verano es una tradición de esta casa.
La mesa estaba espléndida. María la había vestido con un mantel de hilo fino, cuajado de motivos orientales acordes con su procedencia. La vajilla de porcelana de Sèvres y los cubiertos de plata perfectamente dispuestos querían significar que aquella era una cena especial. Dos grandes velones que apenas interferían en la iluminación del cenador, creaban un ambiente cálido e íntimo. Los pequeños dormían ya y los mayores se disponían a disfrutar del reencuentro.
--Papá, ¿Qué tal va la empresa?
María, la hija mayor, había iniciado con una pregunta banal un circunloquio que acabaría en una petición a lo largo de la noche, aunque dudaba del momento oportuno para plantearla.
--Bien hija, el negocio marcha viento en popa.
--Pues me alegro porque Fernando y yo queremos pedirte algo. La reforma del piso se nos ha ido de las manos y nos vendrían muy bien unos milloncejos para no tener que ampliar el préstamo hipotecario.
La hija sonreía casi convencida de que, como siempre que había recurrido a su padre, no le fallaría.
--Dadlo por hecho.
Juan, el primogénito, vio la oportunidad de insistir en sus reivindicaciones de poder en la empresa familiar, que su padre prudentemente había ido templando hasta que estuviera realmente preparado para dirigirla.
--Papá, ya va siendo hora de que te retires y descanses. Conozco el negocio y lo puedo llevar perfectamente.
Juan empezó a sentirse incómodo por el tema que su hijo había puesto encima de la mesa y que le preocupaba desde hacía tiempo.
--Hijo, yo decidiré cuando ha llegado el momento. Sigue aprendiendo y trabajando. Todo llegará.
Cariño, que bueno está el pescado.
Trató de derivar la conversación pero su hijo insistió alzando la voz.
--Hijo, no es el momento- terció la madre que veía que la situación se tensaba por momentos.
--Estoy harto de que papa siempre imponga su criterio y me aparte de las decisiones importantes. Eso se acabó.
Juan no tenía ganas de discutir. Estaba cansado de tanto hacerlo.
Joaquín, ¿cómo has terminado el año?
--Papa, no tengo ganas de hablar de eso ahora.
--Hijo, no pretendo fastidiarte con mi pregunta. Ya hablaremos con tranquilidad mañana.
--No, tampoco hablaremos mañana. No voy a permitir que controles mi vida. No me dejas ni respirar.
--Hijo, no sería un buen padre si no me preocupara por tu futu..
Un ruido sordo hizo temblar la cristalería una décima de segundo. Juan apenas percibió como el torrente de sangre destrozó la arteria, empujado por el émbolo de la desesperación y la desesperanza por los suyos y en los suyos.
Su cabeza cayó a plomo sobre el plato y unas lágrimas negras resbalaron por las patas de la mesa buscando la tierra.
--¡Llamad una ambulancia! ¡Se nos muere, se nos muere!
-- No te preocupes, ven.
En el vallado que el Ayuntamiento había dispuesto para depositar los muebles viejos, una mesa desvencijada, con las patas partidas y rayada por todas partes, esperaba a ser retirada por los servicios municipales.
Una pareja de sombras trataba de acceder al recinto por un hueco abierto en la cerca a ras del suelo. Buscaban entre tanto trasto viejo algo que les pudiera ser útil y lo encontraron.
--Mohamed, esa mesa nos puede servir. Podemos arreglarla.
--Oswaldo, no jodas, está hecha polvo.
--Ya la verás cuando termine mi trabajo. Soy carpintero, no te olvides.
Con gran esfuerzo lograron sacar la mesa del recinto y cargarla sobre el carrito de la compra en el que trasportaban cuanto recogían de basureros, contenedores y desguaces. Uno la sujetaba y otro empujaba el carrito hasta que se perdieron por el camino que los alejaba del perímetro de la urbanización.
Llegaron por fin a su destino: una nave abandonada y casi derruida que, inexplicablemente, se levantaba en la misma arena de la playa. Aunque a primera vista no había signos de vida, nada mas franquear el hueco de la entrada, el olor, los ronquidos y las toses dejaban constancia de que en su interior había gente durmiendo. Apoyaron la mesa contra la pared exterior junto a una ventana y, empujando el carrito, entraron en la estancia y se dirigieron hacia un rincón por el único que pasillo que quedaba libre entre toda clase de cachivaches, restos de comida, deposiciones y cuerpos encogidos. Se recostaron en un viejo colchón de matrimonio y compartieron el único cartón de vino peleón que habían podido conseguir.
Al día siguiente, Oswaldo compró tornillos, lija y barniz y comenzó a arreglar la mesa con tal empeño que en dos días terminó su trabajo.
--Que te parece Mohamed.
--Joder, ha quedado como nueva.
Desde entonces la mesa se convirtió en el centro del pequeño espacio que tenían acotado dentro de la nave. En ella comían, dejaban en alto las viandas a salvo de las ratas, y hasta jugaban a las cartas. La mesa, aquella vieja mesa recompuesta, les había proporcionado un puntito de felicidad y ellos le correspondían manteniéndola resplandeciente.
A finales de Noviembre las noches eran frías. La humedad del mar les calaba los huesos traspasando los cartones con los que se cubrían. Una pequeña hoguera junto al colchón y el vino en abundancia eran imprescindibles para soportar la noche, y aquella noche el viento silbaba y entraba gélido por la ventana. Una ráfaga mortífera hizo que las llamas prendieran en el colchón y, en segundos, todo estaba ardiendo convirtiendo aquella parte de la nave en un infierno.
Oswaldo y Mohamed ni siquiera despertaron. Pasaron de la pequeña muerte del sueño a la luz blanca del fin.
--Amigos, venid conmigo y con los míos. En nuestro mundo estaréis mejor.
El anciano miraba con atención el panel de madera de teca que estaba trabajando. Movía su poderosa mano en círculos, de dentro a fuera, dibujando imaginariamente una espiral que semejaba en trazos invisibles el caparazón de un caracol. De vez en cuando, detenía el movimiento y retiraba la cabeza mirando en oblicuo el tablero en su afán de escudriñar cualquier imperfección en la superficie patinada.
-- Padre, ¿cómo está quedando ese tablero?
-- Bien, hijo. Las cosas siempre tienen que quedar bien. Cuando se resisten, como si quisieran rebelarse contra quienes las han de moldear, no queda otro remedio que redoblar el esfuerzo y, al final, siempre se termina consiguiendo que el trabajo quede perfecto.
-- Déjame, padre. Tu no tienes porqué hacer ese trabajo. Diriges esta explotación y tienes hombres a los que has enseñado a hacerlo.
El joven intentó apartar a su padre del tablero pero se encontró con una mirada intensa que se le clavó en las pupilas haciéndole bajar la cabeza. Desde la posición inferior en que se encontraba por su menor estatura y su espalda encorvada, levantó la vista hacia su hijo con una sonrisa y una mirada que ahora sabía a miel.
--Hijo, mírame. Déjame hacer lo que me apetece. Ya no me queda mucho tiempo de disfrutar con el trabajo.
Recuerda lo que ya te he repetido muchas veces: las obras de los hombres llevan su espíritu.
Anda, ve a vigilar el trabajo de los hombres que para eso eres mi capataz.
El joven se retiró con la cabeza inclinada y se perdió entre los obreros que en la gran nave cortaban la madera, pulían los tableros y encajaban las piezas de lo que acabarían siendo unas magníficas mesas de exterior.
Estaba comenzando comenzado la estación de los monzones y la lluvia, vivificante y mortífera al mismo tiempo, hizo acto de presencia. El viejo camión renqueaba por el camino embarrado que desembocaba en la gran explanada que circundaba el taller. En ese gran espacio abierto se almacenaba la mercancía y, utilizando un muelle que facilitaba la operación, se cargaba en los camiones que la llevarían a su destino.
El conductor bajo del camión con facilidad dando un salto desde el estribo.
--¡Hola Le Xuang! Tenéis que daros prisa en cargar antes de que esto se ponga feo. No quiero quedarme tirado por ahí.
--No te preocupes.
A su orden, el hormiguero humano se concentró en la tarea, y en poco tiempo el volquete del camión quedó repleto de embalajes de cartón. Cada uno contenía una mesa desmontada y perfectamente colocada en un mínimo espacio.
Cuando el camión arrancó, los hombres prorrumpieron en gritos de júbilo, como si hubieran batido un record de los que se anotan en el Guiness
--Muchachos, todavía queda trabajo por hacer.
Los hombres se dispersaron y volvieron a sus puestos.
--Padre, quien nos iba a decir que los franceses comprarían nuestros productos en vez de robárnoslos.
--Hijo, luchamos contra ellos hasta expulsarlos de nuestro país, como lo hicimos antes contra los chinos y después contra los americanos. Ahora son tiempos de paz, de intercambio y de cooperación. Me alegro de que una familia francesa pueda disfrutar de nuestros muebles. Los pagan bien, ¿no?
El camión embocaba la última curva del camino y el anciano levanto la mano como si despidiera a un familiar que inicia un largo viaje en busca de la prosperidad.
Apretaba el calor en la gran ciudad a orillas del Mediterráneo. Los treinta y cinco grados de temperatura y el sol cayendo a plomo sobre el asfalto, no impedían que en los alrededores de los grandes almacenes se registrara un bullicio inusual en aquella época del año. A la luz del día los grandes carteles fijados en la fachada del edificio perdían gran parte del misterio y glamour que la iluminación les proporcionaba durante la noche. La gente entraba con prisa queriendo traspasar rápidamente la barrera de aire caliente que abofeteaba sus caras y que separaba el infierno de la calle del cielo refrigerado que ofrecía colmar todas las ansias de felicidad del consumidor.
La voz femenina, suave y aterciopelada, se esparcía por el ambiente desde el sistema de megafonía perforando el cerebro de los potenciales compradores que, oyendo sin escuchar, interiorizaban los mensajes que se les dirigían.
“Semana de Oriente en el Corte Inglés. En todas las secciones disponen nuestros clientes de los más originales productos directamente importados de Oriente. Sin moverse de “su casa”, aquí los tiene usted.”
--Juan, deja ya de protestar. Será un momento. Te dije que necesitamos cambiar los muebles del jardín. Están impresentables.
--Pero si no tienen más de cinco años.
-- La humedad y el salitre los destrozan en poco tiempo..
La mujer, más que caminar cogida del brazo de su marido, tiraba de él hacia las escaleras mecánicas que los dejarían en la planta cuarta, donde estaba la sección de los muebles de exterior.
Había una gran variedad de mobiliario expuesto, pero la mujer, sin saber exactamente porqué, se encaminó al fondo donde un cartel multicolor anunciaba: “MUEBLES ORIENTALES”.
--Fíjate, Juan, ese comedor oscuro. Es original y muy bonito. Además parece muy bien acabado.
--Si, parece consistente. Esperemos que no tengamos que sustituirlo en cinco años.
La bella dependienta que se acercaba para atenderlos, antes de dirigirse a ellos, ya sabía que tenía la venta hecha.
--Han acertado en la elección. Es lo mejor que se pueden llevar. La relación precio- calidad es magnífica.
Descendían por la escalera y antes de llegar a la tercera planta de “caballero” una brillante idea asaltó a la mujer.
--Juan, necesitas unas camisas de verano.
--Por favor, María, tengo suficientes camisas de verano.
Con puntualidad inglesa, en la tarde del quinto día desde que hicieron la compra y tal como les habían prometido, la furgoneta de reparto de la firma aparcaba frente al chalet de la familia Llorens.
--Por favor, síganme. Monten los muebles debajo del cenador.
En una hora todo estaba montado y colocado.
--Juan, ven. Fíjate qué bonito ha quedado el comedor. Ha caído en su sitio.
El cadáver del patriarca llevaba expuesto en una esquina de la gran nave-taller cuatro días. Su hijo quiso que los últimos momentos en este mundo los pasara en aquel lugar al que había dedicado su vida, rodeado de su familia y de los trabajadores que veían en él ,más que a un jefe, a un padre que les había inculcado sus principios y sus conocimientos.
Llegó la hora de cumplir su última voluntad. Una procesión encabezada por Le Xuang vestido de blanco condujo el ataúd hasta la pequeña pira levantada casi a ras de tierra. En los vértices del altar funerario se levantaban cuatro figuras de madera policromada que los propios obreros habían esculpido reproduciendo el rostro y el cuerpo del maestro. Le Xuang acercó la tea y, al momento, todo aquel material combustible empezó a arder. Se recrudecieron los llantos y los rezos y en escasos momentos no quedaban sino ascuas sobre la tierra y pequeñas partículas rojas que en el anochecer salpicaban el aire.
La noche mediterránea consiguió por fin sofocar el calor de toda la jornada e imponer su frescor a las tórridas temperaturas que durante el día casi obligaban a zambullirse en las aguas del viejo mar.
María disfrutaba de la lectura hasta bien entrada la madrugada protegida del relente bajo el porche elevado de la casa. Desde allí divisaba todo el jardín y oía el arrullo del mar; sólo intuía su presencia y apenas vislumbraba la espuma blanca de las olas al romper.
¡Crac, crac, crac!
Una estampida de crujidos sordos le hizo dirigir la vista hacia el cenador tenuemente iluminado por pequeños faroles clavados en la tierra que delimitaban su espacio en medio de la noche. Aunque al momento se sobresaltó, la calma y el silencio que siguió al estrépito, la llevaron de nuevo a concentrarse en la lectura. Cuando el sueño comenzó a abrazarla con calidez, se retiró a descansar.
--Buenos días, Juan. Qué mañana tan espléndida.
Su marido la esperaba para desayunar ojeando el periódico. Le dio un beso con la naturalidad de la costumbre y, antes de sentarse, echó un vistazo debajo de la mesa. Nada justificaba el ruido que había oído durante la noche; sin embargo, algo extraño había en el suelo, justamente donde las patas de la mesa casi se clavaban en el césped. Un charquito de un líquido más viscoso que el agua y de color oscuro todavía se podía apreciar entre las briznas de hierba.
--Juan. ¿Has derramado el café?
--Cariño, sabes que siempre te espero para desayunar.
--Pues no sé que se habrá podido derramar. Va, no tiene importancia. Poco a poco se ira reabsorbiendo en la tierra.
A la caída de la tarde, Juan y María disfrutaban de la puesta de sol del mediterráneo. Como tantas otras tardes de otros muchos años, no querían perderse aquel espectáculo de la naturaleza, siempre igual y siempre distinto. Bastaba que una nubecilla se interpusiera en la visión, para que los matices del color y los contornos y las formas de aquel cuadro natural en movimiento, ofrecieran una nueva perspectiva.
--Juan. ¿Te has fijado que bien se conserva el comedor de exterior?
--Si. Ya hace cinco años que lo compramos y las mesas y sillas están como el primer día. Hicimos una buena compra.
--Mañana tendremos con nosotros a los niños. Voy a preparar una cena de postín.
--No te precipites. Quizá tengan otros planes.
--No creo. Saben que la primera cena de la temporada de verano es una tradición de esta casa.
La mesa estaba espléndida. María la había vestido con un mantel de hilo fino, cuajado de motivos orientales acordes con su procedencia. La vajilla de porcelana de Sèvres y los cubiertos de plata perfectamente dispuestos querían significar que aquella era una cena especial. Dos grandes velones que apenas interferían en la iluminación del cenador, creaban un ambiente cálido e íntimo. Los pequeños dormían ya y los mayores se disponían a disfrutar del reencuentro.
--Papá, ¿Qué tal va la empresa?
María, la hija mayor, había iniciado con una pregunta banal un circunloquio que acabaría en una petición a lo largo de la noche, aunque dudaba del momento oportuno para plantearla.
--Bien hija, el negocio marcha viento en popa.
--Pues me alegro porque Fernando y yo queremos pedirte algo. La reforma del piso se nos ha ido de las manos y nos vendrían muy bien unos milloncejos para no tener que ampliar el préstamo hipotecario.
La hija sonreía casi convencida de que, como siempre que había recurrido a su padre, no le fallaría.
--Dadlo por hecho.
Juan, el primogénito, vio la oportunidad de insistir en sus reivindicaciones de poder en la empresa familiar, que su padre prudentemente había ido templando hasta que estuviera realmente preparado para dirigirla.
--Papá, ya va siendo hora de que te retires y descanses. Conozco el negocio y lo puedo llevar perfectamente.
Juan empezó a sentirse incómodo por el tema que su hijo había puesto encima de la mesa y que le preocupaba desde hacía tiempo.
--Hijo, yo decidiré cuando ha llegado el momento. Sigue aprendiendo y trabajando. Todo llegará.
Cariño, que bueno está el pescado.
Trató de derivar la conversación pero su hijo insistió alzando la voz.
--Hijo, no es el momento- terció la madre que veía que la situación se tensaba por momentos.
--Estoy harto de que papa siempre imponga su criterio y me aparte de las decisiones importantes. Eso se acabó.
Juan no tenía ganas de discutir. Estaba cansado de tanto hacerlo.
Joaquín, ¿cómo has terminado el año?
--Papa, no tengo ganas de hablar de eso ahora.
--Hijo, no pretendo fastidiarte con mi pregunta. Ya hablaremos con tranquilidad mañana.
--No, tampoco hablaremos mañana. No voy a permitir que controles mi vida. No me dejas ni respirar.
--Hijo, no sería un buen padre si no me preocupara por tu futu..
Un ruido sordo hizo temblar la cristalería una décima de segundo. Juan apenas percibió como el torrente de sangre destrozó la arteria, empujado por el émbolo de la desesperación y la desesperanza por los suyos y en los suyos.
Su cabeza cayó a plomo sobre el plato y unas lágrimas negras resbalaron por las patas de la mesa buscando la tierra.
--¡Llamad una ambulancia! ¡Se nos muere, se nos muere!
-- No te preocupes, ven.
En el vallado que el Ayuntamiento había dispuesto para depositar los muebles viejos, una mesa desvencijada, con las patas partidas y rayada por todas partes, esperaba a ser retirada por los servicios municipales.
Una pareja de sombras trataba de acceder al recinto por un hueco abierto en la cerca a ras del suelo. Buscaban entre tanto trasto viejo algo que les pudiera ser útil y lo encontraron.
--Mohamed, esa mesa nos puede servir. Podemos arreglarla.
--Oswaldo, no jodas, está hecha polvo.
--Ya la verás cuando termine mi trabajo. Soy carpintero, no te olvides.
Con gran esfuerzo lograron sacar la mesa del recinto y cargarla sobre el carrito de la compra en el que trasportaban cuanto recogían de basureros, contenedores y desguaces. Uno la sujetaba y otro empujaba el carrito hasta que se perdieron por el camino que los alejaba del perímetro de la urbanización.
Llegaron por fin a su destino: una nave abandonada y casi derruida que, inexplicablemente, se levantaba en la misma arena de la playa. Aunque a primera vista no había signos de vida, nada mas franquear el hueco de la entrada, el olor, los ronquidos y las toses dejaban constancia de que en su interior había gente durmiendo. Apoyaron la mesa contra la pared exterior junto a una ventana y, empujando el carrito, entraron en la estancia y se dirigieron hacia un rincón por el único que pasillo que quedaba libre entre toda clase de cachivaches, restos de comida, deposiciones y cuerpos encogidos. Se recostaron en un viejo colchón de matrimonio y compartieron el único cartón de vino peleón que habían podido conseguir.
Al día siguiente, Oswaldo compró tornillos, lija y barniz y comenzó a arreglar la mesa con tal empeño que en dos días terminó su trabajo.
--Que te parece Mohamed.
--Joder, ha quedado como nueva.
Desde entonces la mesa se convirtió en el centro del pequeño espacio que tenían acotado dentro de la nave. En ella comían, dejaban en alto las viandas a salvo de las ratas, y hasta jugaban a las cartas. La mesa, aquella vieja mesa recompuesta, les había proporcionado un puntito de felicidad y ellos le correspondían manteniéndola resplandeciente.
A finales de Noviembre las noches eran frías. La humedad del mar les calaba los huesos traspasando los cartones con los que se cubrían. Una pequeña hoguera junto al colchón y el vino en abundancia eran imprescindibles para soportar la noche, y aquella noche el viento silbaba y entraba gélido por la ventana. Una ráfaga mortífera hizo que las llamas prendieran en el colchón y, en segundos, todo estaba ardiendo convirtiendo aquella parte de la nave en un infierno.
Oswaldo y Mohamed ni siquiera despertaron. Pasaron de la pequeña muerte del sueño a la luz blanca del fin.
--Amigos, venid conmigo y con los míos. En nuestro mundo estaréis mejor.
viernes, 10 de octubre de 2008
DECISION
DECISION
La idea se le había instalado en la cabeza y no lo abandonaba. En los últimos días, cuando estaba en el trabajo, se le yuxtaponía a lo que en ese momento estuviera pensando, estudiando o escribiendo. Interfería en las conversaciones, haciéndole perder el hilo y dejándolo con cara de idiota ante sus interlocutores. Incluso cuando hacía el amor le producía un cortocircuito en las conexiones neuronales responsables de hacerle llegar al cerebro la percepción de sus sentidos.
---No te preocupes cariño.
No, no lo preocupaba el que no pudiera conseguir una erección satisfactoria. Eso era algo accidental e incidental. Lo esencial y verdaderamente importante era decidir si haría o no lo que podía hacer, aunque no tenía ninguna necesidad de hacerlo. Cuando no te quedan más cojones que hacer algo, realmente no decides.
Se levantó sin hacer ruido (serían las doce y media). Salió desnudo de la habitación con las zapatillas deportivas en las manos y de puntillas atravesó el pasillo. Dejó atrás las habitaciones de sus hijos y cruzó el salón tenuemente iluminado por la luz verdosa del acuario. Abrió el armario y se enfundó el loden calzándose después. Tomó el ascensor y descendió al garaje.
El potente todo terreno rugía y avanzaba por la ciudad desierta que fue quedando atrás, hasta que sólo persistía, como último vestigio de ella, la contaminación lumínica que producía en un cielo limpio y cuajado de estrellas. En menos de una hora dejó la autovía para adentrarse en la gran ciudad. Dejó el coche aparcado en los aledaños de la estación de autobuses y tomó el correo nocturno que en una hora y media, aproximadamente, le llevaría de vuelta. Se bajó en la gasolinera de un pequeño pueblo a unos treinta quilómetros de su casa y tras andar unos novecientos metros cogió una vieja bicicleta, comprada a un gitano que vendía trastos antiguos y que, días antes, había escondido entre la maleza al borde de la carretera secundaria que siguió. Peladeó con fuerza hasta llegar al brocal del pozo que señalaba el acceso a la finca (“coto de caza”- “propiedad privada”- “prohibido el paso”)
Se adentró por el carril de tierra que serpenteaba hasta llegar a la sierra. En el antiguo vertedero que acumulaba los mas diversos objetos dejó la bicicleta disimulada junto a cocinas, estufas, somiers, colchones viejos, cabeceros de cama y toda clase de cachivaches de los que sus poseedores se habían ido desprendido cuando no les hacían falta. Ya estaba a unos cinco kilómetros del punto elegido y, a medida que se acercaba, aumentaba el ritmo de los pasos hasta que se vio corriendo en medio de la noche. El camino ascendía pronunciadamente hasta el puesto de la Peña del Aguilón y, aunque la noche estaba fresca, sudaba por todos los poros de su piel. Conocía el puesto desde el que había abatido, a la espera nocturna, más de una docena de jabalíes durante la última temporada. Era su paso habitual y sabía que esta noche los guarros también recorrerían el barranco en el camino hacia los dormideros entre las espesas atochadas de esparto.
Se despojó del loden, de las deportivas y los calcetines y encendió una fogata en la que quemó todo lo que llevaba puesto. El viento se encargaría de esparcir las cenizas de sus últimas pertenencias. Subió a la peña, totalmente desnudo, como vino al mundo y, aunque el helor de la noche le quemaba la punta de la nariz, las orejas y las yemas de los dedos, extrañamente, el resto de su cuerpo mantenía una agradable temperatura ajena a las circunstancias ambientales.
En esa situación, la luna llena quiso iluminar sus últimos instantes brillando en lo mas alto del cielo y haciéndole un guiño que él interpretó como un “ole tus cojones”. Derramó su vista por aquellos campos que tanto había transitado, aunque ahora se le presentaban con contornos más difusos pero perfectamente reconocibles. Los viejos almendros de la ladera que subía desde el barranco, como una muchedumbre inanimada, serían testigos de sus últimos momentos, y también, el mochuelo y el búho a los que había oído chillar, el zorro cuyos ojos como ascuas adivinó en la tenue claridad plateada del monte, el conejillo que no se sentía en peligro debajo de la retama, las matas de tomillo y romero que le dedicaban su olor, las albaidas en flor, la tierra mojada por el rocío de la noche a la que había decidido volver. Pero no iba a volver a ella de cualquier manera, no; los cochinos esa misma noche no dejarían ni rastro de su cuerpo (eso lo había comprobado cuando un perro muerto en el barranco que vio una tarde, a la mañana siguiente, había desaparecido como por arte de magia y allí estaban en la arena las huellas de los depedradores). Volvería a la tierra después de haber servido de alimento a otros seres vivos y abonando en forma de detritus orgánico las plantas que crecían en el cauce seco.
Se puso la película de su vida, se la puso él conscientemente; no quería que las imágenes de toda su existencia se le colaran subrepticiamente en la mente cuando empezara a ver la luz blanca del fin. Si tenían que venir que vinieran; pero él ya se habría adelantado voluntariamente a ese momento. Cuando la palabra fin se le hizo patente en la escarpada pared rocosa de enfrente, concluyó que había sido un hombre normal, ordinario, relevante solamente para los pocos que había querido en su vida e irrelevante, casi inexistente como individuo para los demás de su especie y para la naturaleza. No había matado a ningún semejante, no había causado, al menos conscientemente, la desgracia de nadie, había querido a los suyos y creía que lo habían querido; había nacido, crecido y reproducido casi sin poderlo evitar y sabía que tendría que morir (como decían los romanos, la muerte es un acontecimiento sujeto indefectiblemente a un plazo, que necesariamente ha de llegar aunque no se sepa cuando: certus an et incertus cuando). Pero él, casi en el único resquicio que deja la naturaleza a la libertad, iba a romper ese aforismo. El iba a morir aquí, en el puesto de la Peña del Aguilón, y ahora, a las cuatro de la mañana del veintiocho de febrero de 2007, día de la Comunidad Andaluza.
Una última reflexión se le vino a la cabeza: los suicidas suelen dejar una nota explicando sus razones y aliviando el trabajo de los investigadores; de su suicidio no se enteraría ni Dios.
Saltó haciendo el ángel como había visto a los saltadores de trampolín en la tele, y mientras surcaba el aire para ir a encontrarse con la tierra, un grito sobrecogedor inundó aquél paraje desértico:
SOY LIBRE….
La idea se le había instalado en la cabeza y no lo abandonaba. En los últimos días, cuando estaba en el trabajo, se le yuxtaponía a lo que en ese momento estuviera pensando, estudiando o escribiendo. Interfería en las conversaciones, haciéndole perder el hilo y dejándolo con cara de idiota ante sus interlocutores. Incluso cuando hacía el amor le producía un cortocircuito en las conexiones neuronales responsables de hacerle llegar al cerebro la percepción de sus sentidos.
---No te preocupes cariño.
No, no lo preocupaba el que no pudiera conseguir una erección satisfactoria. Eso era algo accidental e incidental. Lo esencial y verdaderamente importante era decidir si haría o no lo que podía hacer, aunque no tenía ninguna necesidad de hacerlo. Cuando no te quedan más cojones que hacer algo, realmente no decides.
Se levantó sin hacer ruido (serían las doce y media). Salió desnudo de la habitación con las zapatillas deportivas en las manos y de puntillas atravesó el pasillo. Dejó atrás las habitaciones de sus hijos y cruzó el salón tenuemente iluminado por la luz verdosa del acuario. Abrió el armario y se enfundó el loden calzándose después. Tomó el ascensor y descendió al garaje.
El potente todo terreno rugía y avanzaba por la ciudad desierta que fue quedando atrás, hasta que sólo persistía, como último vestigio de ella, la contaminación lumínica que producía en un cielo limpio y cuajado de estrellas. En menos de una hora dejó la autovía para adentrarse en la gran ciudad. Dejó el coche aparcado en los aledaños de la estación de autobuses y tomó el correo nocturno que en una hora y media, aproximadamente, le llevaría de vuelta. Se bajó en la gasolinera de un pequeño pueblo a unos treinta quilómetros de su casa y tras andar unos novecientos metros cogió una vieja bicicleta, comprada a un gitano que vendía trastos antiguos y que, días antes, había escondido entre la maleza al borde de la carretera secundaria que siguió. Peladeó con fuerza hasta llegar al brocal del pozo que señalaba el acceso a la finca (“coto de caza”- “propiedad privada”- “prohibido el paso”)
Se adentró por el carril de tierra que serpenteaba hasta llegar a la sierra. En el antiguo vertedero que acumulaba los mas diversos objetos dejó la bicicleta disimulada junto a cocinas, estufas, somiers, colchones viejos, cabeceros de cama y toda clase de cachivaches de los que sus poseedores se habían ido desprendido cuando no les hacían falta. Ya estaba a unos cinco kilómetros del punto elegido y, a medida que se acercaba, aumentaba el ritmo de los pasos hasta que se vio corriendo en medio de la noche. El camino ascendía pronunciadamente hasta el puesto de la Peña del Aguilón y, aunque la noche estaba fresca, sudaba por todos los poros de su piel. Conocía el puesto desde el que había abatido, a la espera nocturna, más de una docena de jabalíes durante la última temporada. Era su paso habitual y sabía que esta noche los guarros también recorrerían el barranco en el camino hacia los dormideros entre las espesas atochadas de esparto.
Se despojó del loden, de las deportivas y los calcetines y encendió una fogata en la que quemó todo lo que llevaba puesto. El viento se encargaría de esparcir las cenizas de sus últimas pertenencias. Subió a la peña, totalmente desnudo, como vino al mundo y, aunque el helor de la noche le quemaba la punta de la nariz, las orejas y las yemas de los dedos, extrañamente, el resto de su cuerpo mantenía una agradable temperatura ajena a las circunstancias ambientales.
En esa situación, la luna llena quiso iluminar sus últimos instantes brillando en lo mas alto del cielo y haciéndole un guiño que él interpretó como un “ole tus cojones”. Derramó su vista por aquellos campos que tanto había transitado, aunque ahora se le presentaban con contornos más difusos pero perfectamente reconocibles. Los viejos almendros de la ladera que subía desde el barranco, como una muchedumbre inanimada, serían testigos de sus últimos momentos, y también, el mochuelo y el búho a los que había oído chillar, el zorro cuyos ojos como ascuas adivinó en la tenue claridad plateada del monte, el conejillo que no se sentía en peligro debajo de la retama, las matas de tomillo y romero que le dedicaban su olor, las albaidas en flor, la tierra mojada por el rocío de la noche a la que había decidido volver. Pero no iba a volver a ella de cualquier manera, no; los cochinos esa misma noche no dejarían ni rastro de su cuerpo (eso lo había comprobado cuando un perro muerto en el barranco que vio una tarde, a la mañana siguiente, había desaparecido como por arte de magia y allí estaban en la arena las huellas de los depedradores). Volvería a la tierra después de haber servido de alimento a otros seres vivos y abonando en forma de detritus orgánico las plantas que crecían en el cauce seco.
Se puso la película de su vida, se la puso él conscientemente; no quería que las imágenes de toda su existencia se le colaran subrepticiamente en la mente cuando empezara a ver la luz blanca del fin. Si tenían que venir que vinieran; pero él ya se habría adelantado voluntariamente a ese momento. Cuando la palabra fin se le hizo patente en la escarpada pared rocosa de enfrente, concluyó que había sido un hombre normal, ordinario, relevante solamente para los pocos que había querido en su vida e irrelevante, casi inexistente como individuo para los demás de su especie y para la naturaleza. No había matado a ningún semejante, no había causado, al menos conscientemente, la desgracia de nadie, había querido a los suyos y creía que lo habían querido; había nacido, crecido y reproducido casi sin poderlo evitar y sabía que tendría que morir (como decían los romanos, la muerte es un acontecimiento sujeto indefectiblemente a un plazo, que necesariamente ha de llegar aunque no se sepa cuando: certus an et incertus cuando). Pero él, casi en el único resquicio que deja la naturaleza a la libertad, iba a romper ese aforismo. El iba a morir aquí, en el puesto de la Peña del Aguilón, y ahora, a las cuatro de la mañana del veintiocho de febrero de 2007, día de la Comunidad Andaluza.
Una última reflexión se le vino a la cabeza: los suicidas suelen dejar una nota explicando sus razones y aliviando el trabajo de los investigadores; de su suicidio no se enteraría ni Dios.
Saltó haciendo el ángel como había visto a los saltadores de trampolín en la tele, y mientras surcaba el aire para ir a encontrarse con la tierra, un grito sobrecogedor inundó aquél paraje desértico:
SOY LIBRE….
domingo, 21 de septiembre de 2008
LA LECTURA (UNA NUEVA PERSPECTIVA)
LA LECTURA (UNA NUEVA PERSPECTIVA)
Quiero compartir con quien me lea una nueva experiencia literaria que he vivido este verano y que, estoy seguro, me hará más rico o, mejor, menos pobre. Esta nueva dimensión que he descubierto en la lectura enriquecerá no solo mi “fondo de armario” literario, sino que incrementará mi cuenta corriente (vamos que me hará más rico en el sentido más prosaico de la palabra).
Os preguntareis qué relación puede haber entre la literatura y las cuentas bancarias.
Es cierto que he presentado al premio Planeta una novela que he tardado diez años en escribir, buenísima, o al menos eso creo yo, pero este verano todavía no se había fallado el premio y, además, los cuenteros de esta página no solemos ganar ese tipo de premios , ni otros ( para qué nos vamos a engañar). Por otra parte el título ya os habrá hecho notar que se trata de leer, no de escribir. Así que los tiros no van por ahí.
Escribir y publicar puede darte dinero pero leer no, al menos de una manera directa. Es cierto que difícilmente escribirá bien quien no lea, pero si leer produjera rendimientos económicos, habríamos inventado una nueva profesión que podría contribuir a paliar el paro galopante que nos acecha. En el aspecto puramente económico de la cuestión, la cosa va más por la disminución de gastos que por el aumento de ingresos.
He leído cinco libros en mis vacaciones de los que os voy a hacer el único comentario que puedo haceros: Uno era de Ruiz Zafón, pero no me acuerdo del título, ni de la trama; sólo recuerdo que me gustó más el otro que leí de este autor. El segundo ( no lo toméis en el orden temporal de la lectura que tampoco recuerdo), era de un tal Follet apellido que me recuerda a “follado, y que me trae en este momento a la poca memoria que me queda que su lectura me estuvo jodiendo todo el tiempo porque estaba seguro de que lo había leído ya. El tercero solo sé que trataba de niños en pijama pero no recuerdo su autor ni que hacían los niños de esa guisa deambulando por la obra, aunque puedo afirmar que me gustó. El cuarto era de una autora mejicana que no sé si estaba en un poblado o que era de Puebla y que contaba la historia de muchas mujeres de ojos verdes, o, ¿eran grandes?. Y por fin, el quinto, de un autor de nombre extranjero impronunciable, (no recuerdo el nombre pero sí que era impronunciable), rancio y antiguo, que no logré terminar a pesar de las pocas páginas que tenía (recuerdo perfectamente lo magro y escuálido del volumen)
En fin, yo que en mi juventud logré con éxito mantener en la cabeza artículos y artículos de textos legales e incluso recitarlos como si los estuviera leyendo, me veo en la situación que os acabo de apuntar.
“La memoria se va perdiendo con la edad” me dicen mis allegados en su afán de restarle importancia a lo que me pasa; y yo me digo: ¿Pero, coño, se pierde tanto?
“Papa, no te preocupes. ¿Cómo quieres conservar la memoria como a los veinticinco años? Eso es lo que me dice mi hijo que tiene esa edad y está en la misma tesitura en la que yo me encontré en un pasado ya lejano. Pues si me preocupo, joder.
Es cierto que en el ejercicio profesional capeo bastante bien el temporal con la experiencia y otra forma de recordar las cosas; así, cuando tengo que resolver un problema legal, no tengo la norma aplicable en la punta de los dedos (o de la boca, o de la mente), pero se me encienden unas lucecitas de colores que en medio de una noche cerrada me van alumbrando el camino que me conduce a encontrar la solución. Al fin, cuando encuentro el precepto o los preceptos que iluminan todo el caso, constato que esos preceptos “resuelven” tal y como yo la había hecho. ¡Joder, de pronto, subjetivamente, me encuentro supliendo al legislador, como si la ley la hiciera yo en cada momento y en cada caso! Es gratificante cuando por fin encuentro esa feliz coincidencia; incluso se convierte en un juego hasta divertido, pero bastante arriesgado porque con los cuartos de los demás no se juega, o no se debiera jugar (¡Ay, ay, gestores de los grandes bancos americanos si hubierais tenido en cuenta un principio tan elemental!)
Me digo, eso es lo de la “memoria selectiva”. El cerebro que es tan listo, cuando ve que ya no cabe más en el frigorífico de su casa, tira al contenedor lo menos importante o valioso y coloca ordenadamente los nuevos filetes de ternera o las frutas más gustosas.
Pero eso querría decir que el muy cabrón no considera importante la literatura y sí lo es, al menos para mí. Claro que pensándolo bien no es lo mismo que se te olvide el título de una novela que un razonamiento que puede salvar la economía de una familia.
En estos pensamientos estoy, cuando me viene a la cabeza que tengo que encontrar algún aspecto positivo a esta situación. El último libro que leí inconscientemente por segunda vez (era de Paul Auster, o algo así), al comentarlo con mi mujer que es una lectora empedernida y decirle lo que me había gustado, me contestó: “ pues la primera vez que lo leíste me dijiste que el final era incomprensible”. “Cariño, pero si el final es una maravilla. Cómo te pude decir eso.” “Pues me lo dijiste”
Por lo que se ve en mi segunda lectura, que no relectura, llegué a lo más profundo de la obra, descubrí sus entresijos, y el final se me presentó resplandeciente y claro.
Si esto sigue así, podré leer una y mil veces los mismos libros como si no los hubiera leído nunca.
Voy a decirle a mi familia que no me regale más libros. Con los que tengo, tengo bastantes. Y aquí está el aspecto económico de la cuestión. Mi presupuesto para libros de cada año podré dedicarlo a otras cosas.
Quiero compartir con quien me lea una nueva experiencia literaria que he vivido este verano y que, estoy seguro, me hará más rico o, mejor, menos pobre. Esta nueva dimensión que he descubierto en la lectura enriquecerá no solo mi “fondo de armario” literario, sino que incrementará mi cuenta corriente (vamos que me hará más rico en el sentido más prosaico de la palabra).
Os preguntareis qué relación puede haber entre la literatura y las cuentas bancarias.
Es cierto que he presentado al premio Planeta una novela que he tardado diez años en escribir, buenísima, o al menos eso creo yo, pero este verano todavía no se había fallado el premio y, además, los cuenteros de esta página no solemos ganar ese tipo de premios , ni otros ( para qué nos vamos a engañar). Por otra parte el título ya os habrá hecho notar que se trata de leer, no de escribir. Así que los tiros no van por ahí.
Escribir y publicar puede darte dinero pero leer no, al menos de una manera directa. Es cierto que difícilmente escribirá bien quien no lea, pero si leer produjera rendimientos económicos, habríamos inventado una nueva profesión que podría contribuir a paliar el paro galopante que nos acecha. En el aspecto puramente económico de la cuestión, la cosa va más por la disminución de gastos que por el aumento de ingresos.
He leído cinco libros en mis vacaciones de los que os voy a hacer el único comentario que puedo haceros: Uno era de Ruiz Zafón, pero no me acuerdo del título, ni de la trama; sólo recuerdo que me gustó más el otro que leí de este autor. El segundo ( no lo toméis en el orden temporal de la lectura que tampoco recuerdo), era de un tal Follet apellido que me recuerda a “follado, y que me trae en este momento a la poca memoria que me queda que su lectura me estuvo jodiendo todo el tiempo porque estaba seguro de que lo había leído ya. El tercero solo sé que trataba de niños en pijama pero no recuerdo su autor ni que hacían los niños de esa guisa deambulando por la obra, aunque puedo afirmar que me gustó. El cuarto era de una autora mejicana que no sé si estaba en un poblado o que era de Puebla y que contaba la historia de muchas mujeres de ojos verdes, o, ¿eran grandes?. Y por fin, el quinto, de un autor de nombre extranjero impronunciable, (no recuerdo el nombre pero sí que era impronunciable), rancio y antiguo, que no logré terminar a pesar de las pocas páginas que tenía (recuerdo perfectamente lo magro y escuálido del volumen)
En fin, yo que en mi juventud logré con éxito mantener en la cabeza artículos y artículos de textos legales e incluso recitarlos como si los estuviera leyendo, me veo en la situación que os acabo de apuntar.
“La memoria se va perdiendo con la edad” me dicen mis allegados en su afán de restarle importancia a lo que me pasa; y yo me digo: ¿Pero, coño, se pierde tanto?
“Papa, no te preocupes. ¿Cómo quieres conservar la memoria como a los veinticinco años? Eso es lo que me dice mi hijo que tiene esa edad y está en la misma tesitura en la que yo me encontré en un pasado ya lejano. Pues si me preocupo, joder.
Es cierto que en el ejercicio profesional capeo bastante bien el temporal con la experiencia y otra forma de recordar las cosas; así, cuando tengo que resolver un problema legal, no tengo la norma aplicable en la punta de los dedos (o de la boca, o de la mente), pero se me encienden unas lucecitas de colores que en medio de una noche cerrada me van alumbrando el camino que me conduce a encontrar la solución. Al fin, cuando encuentro el precepto o los preceptos que iluminan todo el caso, constato que esos preceptos “resuelven” tal y como yo la había hecho. ¡Joder, de pronto, subjetivamente, me encuentro supliendo al legislador, como si la ley la hiciera yo en cada momento y en cada caso! Es gratificante cuando por fin encuentro esa feliz coincidencia; incluso se convierte en un juego hasta divertido, pero bastante arriesgado porque con los cuartos de los demás no se juega, o no se debiera jugar (¡Ay, ay, gestores de los grandes bancos americanos si hubierais tenido en cuenta un principio tan elemental!)
Me digo, eso es lo de la “memoria selectiva”. El cerebro que es tan listo, cuando ve que ya no cabe más en el frigorífico de su casa, tira al contenedor lo menos importante o valioso y coloca ordenadamente los nuevos filetes de ternera o las frutas más gustosas.
Pero eso querría decir que el muy cabrón no considera importante la literatura y sí lo es, al menos para mí. Claro que pensándolo bien no es lo mismo que se te olvide el título de una novela que un razonamiento que puede salvar la economía de una familia.
En estos pensamientos estoy, cuando me viene a la cabeza que tengo que encontrar algún aspecto positivo a esta situación. El último libro que leí inconscientemente por segunda vez (era de Paul Auster, o algo así), al comentarlo con mi mujer que es una lectora empedernida y decirle lo que me había gustado, me contestó: “ pues la primera vez que lo leíste me dijiste que el final era incomprensible”. “Cariño, pero si el final es una maravilla. Cómo te pude decir eso.” “Pues me lo dijiste”
Por lo que se ve en mi segunda lectura, que no relectura, llegué a lo más profundo de la obra, descubrí sus entresijos, y el final se me presentó resplandeciente y claro.
Si esto sigue así, podré leer una y mil veces los mismos libros como si no los hubiera leído nunca.
Voy a decirle a mi familia que no me regale más libros. Con los que tengo, tengo bastantes. Y aquí está el aspecto económico de la cuestión. Mi presupuesto para libros de cada año podré dedicarlo a otras cosas.
martes, 26 de agosto de 2008
POR DELANTE Y POR DETRAS
POR DELANTE Y POR DETRÁS
--- Cariño, cámbiate de camisa. Llevas una mancha de sudor en la espalda.
--- Ya me la quitaré.
--- Cariño, dame una camisa limpia que tengo una mancha en la pechera.
--- Hombre, si hay que ponerse una lupa para verla.
Llevaban muchos años juntos y ambas conversaciones se repetían constantemente.
Volvían de cenar con unos amigos y, al intentar un adelantamiento, estuvieron a punto de tener un accidente.
--- Juan, te he dicho mil veces que mires por el retrovisor cuando vayas a cambiar de carril.
--- Es el cabrón del Mercedes el que ha tenido la culpa. Se creen que el carril de la izquierda es suyo.
La situación, sin consecuencias graves, se había producido más de una vez.
--- Mi despacho está lleno de polvo.
--- Juan, si lo arreglé ayer. La cocina sí que tiene falta de una limpieza a fondo.
Su despacho (su cueva la llamaba) siempre estaba sucio pero jamás veía el estado en que se encontraban las demás habitaciones de la casa.
Esa noche la buscó en la cama. Ella, complaciente, le acariciaba el pecho y al instante se dio cuenta de que algo había cambiado en el cuerpo de su marido.
--- Juan, te has depilado el pecho.
--- Sí. Hace un par de días, mientras me afeitaba, me di cuenta del aspecto simiesco que tenía y tomé la decisión. No te importa, ¿verdad?
--- No, no. Me parece bien.
Se puso sobre ella, y cuando pasó las manos por su espalda, los dedos se le perdieron en la selva ácida y mojada que tanto le desagradaba.
Terminaron de hacer el amor y, en segundos, Juan dormía plácidamente, mientras ella no podía conciliar el sueño. De pronto lo vio claro: Tenía al lado a un hombre que sólo sabía mirar por él y para él. En la oscuridad lo imaginó con unas orejeras mentales que circunscribían su visión a lo que tenía delante. Lo que quedaba fuera del estrecho campo de sus intereses, sus manías y su ego, no le importaba lo más mínimo.
Se levantó con cuidado de no despertarlo, se vistió y salió de puntillas del dormitorio. En la mesa de su despacho le dejó una nota:
¡ Juan, mira a tu alrededor!
Cerró la puerta de la casa sin hacer ruido y se fue.
--- Cariño, cámbiate de camisa. Llevas una mancha de sudor en la espalda.
--- Ya me la quitaré.
--- Cariño, dame una camisa limpia que tengo una mancha en la pechera.
--- Hombre, si hay que ponerse una lupa para verla.
Llevaban muchos años juntos y ambas conversaciones se repetían constantemente.
Volvían de cenar con unos amigos y, al intentar un adelantamiento, estuvieron a punto de tener un accidente.
--- Juan, te he dicho mil veces que mires por el retrovisor cuando vayas a cambiar de carril.
--- Es el cabrón del Mercedes el que ha tenido la culpa. Se creen que el carril de la izquierda es suyo.
La situación, sin consecuencias graves, se había producido más de una vez.
--- Mi despacho está lleno de polvo.
--- Juan, si lo arreglé ayer. La cocina sí que tiene falta de una limpieza a fondo.
Su despacho (su cueva la llamaba) siempre estaba sucio pero jamás veía el estado en que se encontraban las demás habitaciones de la casa.
Esa noche la buscó en la cama. Ella, complaciente, le acariciaba el pecho y al instante se dio cuenta de que algo había cambiado en el cuerpo de su marido.
--- Juan, te has depilado el pecho.
--- Sí. Hace un par de días, mientras me afeitaba, me di cuenta del aspecto simiesco que tenía y tomé la decisión. No te importa, ¿verdad?
--- No, no. Me parece bien.
Se puso sobre ella, y cuando pasó las manos por su espalda, los dedos se le perdieron en la selva ácida y mojada que tanto le desagradaba.
Terminaron de hacer el amor y, en segundos, Juan dormía plácidamente, mientras ella no podía conciliar el sueño. De pronto lo vio claro: Tenía al lado a un hombre que sólo sabía mirar por él y para él. En la oscuridad lo imaginó con unas orejeras mentales que circunscribían su visión a lo que tenía delante. Lo que quedaba fuera del estrecho campo de sus intereses, sus manías y su ego, no le importaba lo más mínimo.
Se levantó con cuidado de no despertarlo, se vistió y salió de puntillas del dormitorio. En la mesa de su despacho le dejó una nota:
¡ Juan, mira a tu alrededor!
Cerró la puerta de la casa sin hacer ruido y se fue.
sábado, 23 de agosto de 2008
AMACHECER
Os dejo una reflexion nocturna de verano. DONDE ESTA LA LUNA
(AMACHECER)
Paseaba impaciente de un lado a otro de la terraza mirando hacia un cielo oscuro en el que inexplicablemente las estrellas parecían estar más lejos que nunca. Me faltaba algo en su inmensidad profunda que no sabía lo que era y que, por más que escudriñaba los cuatro puntos cardinales, no acertaba a descubrir. Desasosegado, me senté con intención de proseguir la lectura que había interrumpido cuando la luz empezaba a escasear. Mientras hojeaba el libro, levanté la vista hacia el mar y en el horizonte, invisible pero presente, al fin la descubrí: un gajo de naranja bermellón emergía entre la bruma, poco a poco, como sin atreverse a dejarse ver.
¿De dónde vendría la luna a las diez de la noche, apareciendo un poco más a la derecha de donde mañana saldrá el sol? Recordé cómo el sol se me escondió por el ocaso cuando me deslizaba en la piragua sobre el pequeño mar tratando de seguir su recorrido.
La luna se mostraba con la cara encendida de rojo como si hubiera hecho un gran esfuerzo por escapar de la eterna persecución del sol. Unas sombras de carbón apenas dibujaban sus ojos y su boca que parecía esbozar una sonrisa burlona. Detrás de la isla, imaginé sin ninguna razón objetiva, es donde el sol más se le acerca y en su afán de no dejarse alcanzar, acelera el ritmo de su carrera hasta casi desfallecer, se le arrebola la faz subiéndosele la sangre a la cabeza y el miedo a ser abducida se le refleja en el semblante. Cuando, por fin, mira hacia atrás y ve que el sol ha disminuido la cadencia de sus pasos, cansado ya del ímprobo esfuerzo de iluminarnos cada día, se relaja, trota juguetona por la bóveda oscura, le va cambiando el color hasta la blanca palidez de la mujer herida de amores, y, en el zenit, guiña el ojo, satisfecha y cómplice, a las parejas que hacen el amor en la playa, alumbrando apenas lo necesario para que la vista participe en el festín del tacto.
Al amanecer, cuando el sol apareció casi por donde anoche empezó a vislumbrarse la luna, todavía brillaba en lo alto, segura, convencida de que hoy tampoco la alcanzaría.
(AMACHECER)
Paseaba impaciente de un lado a otro de la terraza mirando hacia un cielo oscuro en el que inexplicablemente las estrellas parecían estar más lejos que nunca. Me faltaba algo en su inmensidad profunda que no sabía lo que era y que, por más que escudriñaba los cuatro puntos cardinales, no acertaba a descubrir. Desasosegado, me senté con intención de proseguir la lectura que había interrumpido cuando la luz empezaba a escasear. Mientras hojeaba el libro, levanté la vista hacia el mar y en el horizonte, invisible pero presente, al fin la descubrí: un gajo de naranja bermellón emergía entre la bruma, poco a poco, como sin atreverse a dejarse ver.
¿De dónde vendría la luna a las diez de la noche, apareciendo un poco más a la derecha de donde mañana saldrá el sol? Recordé cómo el sol se me escondió por el ocaso cuando me deslizaba en la piragua sobre el pequeño mar tratando de seguir su recorrido.
La luna se mostraba con la cara encendida de rojo como si hubiera hecho un gran esfuerzo por escapar de la eterna persecución del sol. Unas sombras de carbón apenas dibujaban sus ojos y su boca que parecía esbozar una sonrisa burlona. Detrás de la isla, imaginé sin ninguna razón objetiva, es donde el sol más se le acerca y en su afán de no dejarse alcanzar, acelera el ritmo de su carrera hasta casi desfallecer, se le arrebola la faz subiéndosele la sangre a la cabeza y el miedo a ser abducida se le refleja en el semblante. Cuando, por fin, mira hacia atrás y ve que el sol ha disminuido la cadencia de sus pasos, cansado ya del ímprobo esfuerzo de iluminarnos cada día, se relaja, trota juguetona por la bóveda oscura, le va cambiando el color hasta la blanca palidez de la mujer herida de amores, y, en el zenit, guiña el ojo, satisfecha y cómplice, a las parejas que hacen el amor en la playa, alumbrando apenas lo necesario para que la vista participe en el festín del tacto.
Al amanecer, cuando el sol apareció casi por donde anoche empezó a vislumbrarse la luna, todavía brillaba en lo alto, segura, convencida de que hoy tampoco la alcanzaría.
domingo, 17 de agosto de 2008
CHARLANDO
CHARLANDO
--- Hola Mar. ¿Cómo estás?
--- No demasiado bien. Tengo las tripas revueltas y una resaca de padre y muy señor mío. Estos días el viento la tiene tomada conmigo y no me deja descansar. Me mueve, me zarandea, hasta hacerme arrojar todo lo que llevo dentro. Parece que se ha calmado ya y esta noche podré dormir plácidamente.
--- A mí el viento hace que me sienta agitado, nervioso, irritable, destructivo; me vuelve loco.
--- No sé si será el viento, pero locos sí que estáis y destructivos también. Estoy harto de que os caguéis y os meéis en mí; de que me echéis encima toda la mierda que producís; de que invadáis mi territorio y de que arañéis mi piel con vuestros artefactos que destilan un pus negro que me envenena. Si seguís así, no voy a poder alimentar a las criaturas que viven conmigo como un día lo hicisteis vosotros. Pero en el pecado llevaréis la penitencia: quizá algún día anegue la tierra, como al principio, y os engulla en mi seno de donde salisteis hace millones de años.
--- Mar, no sé de qué me hablas. Sólo sé que yo no quiero que sufras.
--- Eres muy joven aún. Con el tiempo lo comprenderás.
--- Hola Mar.
--- Hola Al. Cuanto tiempo sin verte.
--- Han sido años de una vida muy intensa. Ya estoy jubilado y enfermo. Como ves, ando con dificultad apoyándome en un bastón, pero los que me conocen dicen que soy un gran hombre. Yo no sé si lo soy y pronto no sabré ni quien soy (tengo alzheimer, sabes). He llegado a ser uno de los hombres más poderosos de la tierra, aunque ahora sólo soy un anciano que apenas se sostiene en pié.
--- Ya veo, ya. Todo se deteriora. Y qué te trae por aquí a estas alturas de tu vida.
--- Quería reanudar aquella charla que tuve contigo cuando era un adolescente.
--- Las cosas no han mejorado desde entonces, han empeorado.
--- Lo sé, lo sé; pero quiero que sepas que yo he hecho todo lo que he podido para que no fuera así. He liderado el movimiento conservacionista, he luchado por evitar el cambio climático, he defendido el crecimiento sostenible y..
--- Corta el royo, Al. A mí no tienes que darme explicaciones; en todo caso te las das a ti mismo si es que tienes cargo de conciencia. No es que esté mal viajar por el mundo concediendo entrevistas, dando conferencias en los foros más selectos, en definitiva, concienciando a la gente sobre lo que llamáis “el medio ambiente”. Pero tú sabes que cuando realmente pudiste cambiar las cosas, cuando tenías el poder, no lo hiciste. Por cierto: te pagan bien las conferencias, ¿no?
--- Mar, no seas cruel.
--- Yo no puedo ser cruel. Vosotros, si. Sólo te pido un favor: Publica nuestras charlas.
--- Lo hare, lo haré.
NOTA: ENCARGO DEL ABOGADO DE AL GORE PARA PUBLICAR EL DIA DE SU MUERTE EN LA SECCION DE PUBLICIDAD DEL N.Y. TIMES.
--- Hola Mar. ¿Cómo estás?
--- No demasiado bien. Tengo las tripas revueltas y una resaca de padre y muy señor mío. Estos días el viento la tiene tomada conmigo y no me deja descansar. Me mueve, me zarandea, hasta hacerme arrojar todo lo que llevo dentro. Parece que se ha calmado ya y esta noche podré dormir plácidamente.
--- A mí el viento hace que me sienta agitado, nervioso, irritable, destructivo; me vuelve loco.
--- No sé si será el viento, pero locos sí que estáis y destructivos también. Estoy harto de que os caguéis y os meéis en mí; de que me echéis encima toda la mierda que producís; de que invadáis mi territorio y de que arañéis mi piel con vuestros artefactos que destilan un pus negro que me envenena. Si seguís así, no voy a poder alimentar a las criaturas que viven conmigo como un día lo hicisteis vosotros. Pero en el pecado llevaréis la penitencia: quizá algún día anegue la tierra, como al principio, y os engulla en mi seno de donde salisteis hace millones de años.
--- Mar, no sé de qué me hablas. Sólo sé que yo no quiero que sufras.
--- Eres muy joven aún. Con el tiempo lo comprenderás.
--- Hola Mar.
--- Hola Al. Cuanto tiempo sin verte.
--- Han sido años de una vida muy intensa. Ya estoy jubilado y enfermo. Como ves, ando con dificultad apoyándome en un bastón, pero los que me conocen dicen que soy un gran hombre. Yo no sé si lo soy y pronto no sabré ni quien soy (tengo alzheimer, sabes). He llegado a ser uno de los hombres más poderosos de la tierra, aunque ahora sólo soy un anciano que apenas se sostiene en pié.
--- Ya veo, ya. Todo se deteriora. Y qué te trae por aquí a estas alturas de tu vida.
--- Quería reanudar aquella charla que tuve contigo cuando era un adolescente.
--- Las cosas no han mejorado desde entonces, han empeorado.
--- Lo sé, lo sé; pero quiero que sepas que yo he hecho todo lo que he podido para que no fuera así. He liderado el movimiento conservacionista, he luchado por evitar el cambio climático, he defendido el crecimiento sostenible y..
--- Corta el royo, Al. A mí no tienes que darme explicaciones; en todo caso te las das a ti mismo si es que tienes cargo de conciencia. No es que esté mal viajar por el mundo concediendo entrevistas, dando conferencias en los foros más selectos, en definitiva, concienciando a la gente sobre lo que llamáis “el medio ambiente”. Pero tú sabes que cuando realmente pudiste cambiar las cosas, cuando tenías el poder, no lo hiciste. Por cierto: te pagan bien las conferencias, ¿no?
--- Mar, no seas cruel.
--- Yo no puedo ser cruel. Vosotros, si. Sólo te pido un favor: Publica nuestras charlas.
--- Lo hare, lo haré.
NOTA: ENCARGO DEL ABOGADO DE AL GORE PARA PUBLICAR EL DIA DE SU MUERTE EN LA SECCION DE PUBLICIDAD DEL N.Y. TIMES.
viernes, 15 de agosto de 2008
FUEGO
Contra el calor, PASION
FUEGO
Acababa de acomodarme en la playa (siempre hago un pequeño promontorio con la arena en el que dejo caer mis posaderas) y la vista se me perdía en un punto del horizonte donde un velero jugaba a perderse en la inmensidad del mar. Oía el run run de los niños jugando en la arena y miré a mi derecha. Una bella mujer caminaba en mi dirección y se paraba en cada sombrilla dirigiéndose a los bañistas. Cuando estaba a mi altura se me acercó:
--- ¿Tiene fuego, por favor?
--- No. No fumo.
--- Qué pena.
Siguió hacia un hombre, moreno, escultural, que estaba tendido en la arena a unos metros de mi posición y repitió la pregunta que me había hecho.
--- ¿Tienes fuego?
--- Sí.
El hombre no estaba fumando, ni hizo gesto alguno que indicara que iba a encenderle el cigarrillo. Simplemente la miró a los ojos.
La mujer se inclinó, quedando casi en cuclillas sobre la arena, y enterró el cigarrillo sin encender, como si lo estuviera apagando, al tiempo que le devolvía la mirada.
---Ven.
Le tendió la mano y tiró de él que se incorporó con agilidad. Se zambulleron en el mar y comenzaron a besarse y abrazarse. Eso era lo que podía verse en la superficie pero bajo el agua era fácil imaginar lo que sucedía. Pasado un tiempo, salieron sonrientes del agua y entrelazados por la cintura se perdieron entre la gente.
FUEGO
Acababa de acomodarme en la playa (siempre hago un pequeño promontorio con la arena en el que dejo caer mis posaderas) y la vista se me perdía en un punto del horizonte donde un velero jugaba a perderse en la inmensidad del mar. Oía el run run de los niños jugando en la arena y miré a mi derecha. Una bella mujer caminaba en mi dirección y se paraba en cada sombrilla dirigiéndose a los bañistas. Cuando estaba a mi altura se me acercó:
--- ¿Tiene fuego, por favor?
--- No. No fumo.
--- Qué pena.
Siguió hacia un hombre, moreno, escultural, que estaba tendido en la arena a unos metros de mi posición y repitió la pregunta que me había hecho.
--- ¿Tienes fuego?
--- Sí.
El hombre no estaba fumando, ni hizo gesto alguno que indicara que iba a encenderle el cigarrillo. Simplemente la miró a los ojos.
La mujer se inclinó, quedando casi en cuclillas sobre la arena, y enterró el cigarrillo sin encender, como si lo estuviera apagando, al tiempo que le devolvía la mirada.
---Ven.
Le tendió la mano y tiró de él que se incorporó con agilidad. Se zambulleron en el mar y comenzaron a besarse y abrazarse. Eso era lo que podía verse en la superficie pero bajo el agua era fácil imaginar lo que sucedía. Pasado un tiempo, salieron sonrientes del agua y entrelazados por la cintura se perdieron entre la gente.
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