lunes 2 de noviembre de 2009

SANGRE EN LA CARA

SANGRE EN LA CARA

( TEXTO SIN CATALOGAR )

No os asustéis. Aunque lo pudiera parecer, el título de esta reflexión no va de gore ni de truculencias al uso en esta época que nos ha tocado vivir. Reconozco, y pido perdón por ello, que el título es un señuelo para atraer a lectores despistados; los lectores fieles, habituales, se que antes o después pasaran por mi sitio y compartirán conmigo estas letras.

La cosa va más de rubor (nombre), arrebolar (verbo) y sonrojado/a adjetivo). Trato de abordar la situación que se produce cuando alguien se ruboriza y los mecanismos interiores que desencadenan el sonrojo (pensamientos sobre todo, también sensaciones) Y, como se trata de un texto que pretende ser literario y yo un aspirante a escritor, creo que la mejor manera de hacerlo es mediante un ejercicio de ejemplificación con escenas o pinceladas narrativas.

Los adolescentes al salir del colegio se dirigieron al parque cercano. Caminaban a la par hablando de sus cosas y, poco a poco, se internaron por sendas alfombradas de hojas que los alejaban del camino principal. El muchacho se paró y giró la cabeza tratando de confirmar que estaban solos. Quedaron frente a frente y, con un rápido movimiento, tomo la mano de la niña que en un primer momento trató de retirarla sin conseguirlo. En un instante, algo prendió en su interior como si una mano invisible hubiera acercado una cerilla al combustible de sus sentimientos. La lengua de fuego le quemó el pecho y la garganta y le secó la natural humedad de su boca. Un pincel invisible cambió el color de sus mejillas, antes sonrosadas, en un rojo de sangre oscura

Evidentemente la chiquilla “ocultaba” la atracción que sentía por su compañero de clase. La situación vivida la había puesto en la tesitura desconocida e inesperada. Aunque una parte de sí la impelía a seguir manteniendo su secreto, otra, la mas primitiva, había escapado de su control y trasmitido de alguna manera lo que “en realidad” sentía. ¿Es el hecho de ocultar lo que genera la reacción física, o, es ésta una forma inconsciente de expresar lo que no se quiere decir?

Juanito, cerró la revista de un portazo. Pamela Andersson , como casi todas las tardes, le guiñó el ojo y de sus labios broto un “vamos” sugerente. La siguió en su contoneo por el pasillo que lo llevaría directamente al cielo. Cerró con pestillo la puerta del servicio y con la misma ansiosa prontitud que cuando una descomposición del cuerpo te lanza a toda marcha hacia la tapa del inodoro, asentó sus posaderas en el váter. Sintió la verga enhiesta, pidiéndole ya, como si tuviera pensamiento propio, que iniciara el rítmico meneo, trasunto casi real del movimiento de caderas de la artista de su devoción. La foto imaginada, o quizá fuera una película, de la mujer deseada, cabalgando sobre él, se acompasaba a los movimientos de su mano, ducha ya en encontrar el grado de presión y los ritmos más placenteros.

--Juanito, quieres sacar la basura de una vez.

--Ahora no puedo. Iré después.

Otras veces esa respuesta había sido suficiente, pero los fuertes golpes en la puerta indicaban que, esta vez, su madre no iba a permitirle ni un minuto más.

--O abres o tiro la puerta abajo.

Estaba a punto de caramelo y ni contestó. Su miembro por fin escupió sobre el papel el líquido sagrado de la vida, y Pamela se esfumó deprisa como una amante secreta a punto de ser descubierta. Se subió los pantalones y abrió la puerta.

--Estas rojo como un tomate. Estarías haciendo guarrerías. Anda, ve a bajar la basura.

El rojo bermellón de su cara no dejaba lugar a dudas. ¿Qué podía estar haciendo un adolescente en el cuarto de baño para ruborizarse de esa manera? Algo íntimo, oculto, y “malo” naturalmente, porque si en realidad hubiera estado haciendo de vientre no tenía porque haberse puesto así. En una sociedad abierta, tolerante, sin complejo de culpas en cuanto al sexo, la escena podría haber sido otra:

--Mamá, me estoy masturbando. En cuanto termine te bajo la basura.

--No te preocupes, hijo, acaba con tranquilidad, pero que no se te olvide.

Pero vamos a cambiar de tercio que no siempre el sonrojo tiene que ver con el amor o con el sexo. No quiero parecer monotemático.

El paraninfo de la pequeña universidad de provincias estaba lleno hasta la bandera. El Catedrático de Derecho Administrativo de la Complutense, máxima autoridad en urbanismo, había dictado su conferencia magistral sobre el futuro de la ciudad mediterránea. Había dejado claro que en su opinión había que volver a la urbe tradicional, mas apelmazada y mas alta, pero más cómoda para sus habitantes y mucho mas respetuosa con el medio ambiente al evitar desplazamientos innecesarios con el consiguiente ahorro, y no invadir en exceso el medio rural.

Cuando el Decano abrió el coloquio, un joven bajito y con gafas pidió la palabra:

--Profesor, ¿Cómo explica usted su cambio de posición respectó de lo que defendió en su tesis doctoral “Nuevas urbanizaciones y conurbaciones. De la ciudad al campo”, escrita en 1965 cuando comenzó el desarrollismo y posteriormente puesta en practica por su prestigioso bufete durante décadas?

El Decano fue el único que se dio de cuenta del color amapola que, como un velo, se aposentó en la cara del insigne catedrático.

--Abrevie, por favor..

--¿No es cierto que ya es tarde para buscar soluciones? ¿No es cierto que ya en 1975 se dio cuenta de que ese camino llevaba al desastre – se puede comprobar en su artículo de ese año en la Revista “La arquitectura, hoy”- y su despacho siguió aplicando durante años una teoría equivocada?

Un aplauso cerrado de la concurrencia resonó en la sala.

--- El urbanismo es una ciencia en constante evolución…y bla, bla, bla…

Aquel joven estudiante había desenmascarado al prócer. Lo había dejado desnudo y “avergonzado “ante el auditorio. Fueron solo unos segundos, pero, durante un momento, al conferenciante se le arreboló la faz. Después, las tablas y los conocimientos le sirvieron para salir del paso. En su fuero interno, era consciente de que el joven tenía razón, de que le había puesto delante de las narices los fantasmas que aún hoy le quitaban el sueño.

No quiero aburrir más al lector, ni sacar conclusiones que corresponden más a los psicólogos. Si algún lector se atreve que lo haga. Para no cansar más os dejo con el último ejemplo.

Era ya de madrugada y los dedos se deslizaban por el teclado a gran velocidad, como los patines sobre el hielo. Se había propuesto acabar aquel texto que no sabia catalogar de una puñetera vez.

--- No le des mas vueltas. No tiene arreglo. Léelo entero y que se quede como está. Al fin y al cabo es tu criatura. No tienes porqué avergonzarte de ella.

Al terminar la lectura, fatigado, derivó la mirada desde las letras hacia los márgenes de la pantalla donde la luz del flexo, como un espejo oscuro, reflejaba su propia cara. Observó, al tiempo que le sudaban las manos, que en sus pómulos se había instalado un color violáceo, como el de los muertos.

domingo 25 de octubre de 2009

CAMBIO HORARIO

CAMBIO HORARIO

Hoy amanece “antes”. Los hombres (algunos que se sientan en un despacho en Bruselas) lo decidieron así hace años. Pretenden manejar el tiempo, pulsar el interruptor que, con un clik, establece en qué preciso momento empieza el día y la noche termina. El “Gran Hombre”, ese que nos controla, nos espía y nos conduce por el camino correcto, quiere incidir hasta en el desenvolvimiento de los ciclos naturales, naturalmente sin conseguirlo. Quiere determinar el momento en que las hormiguitas tenemos que empezar nuestra actividad diaria o recluirnos en nuestro panal tan confortable; pero hay gente que aguanta despierta hasta el amanecer y otros que se levantan y empiezan su quehacer antes de la hora prevista. Los hay noctámbulos y madrugadores que podrían saludarse al encontrarse en su deambular. “ Buenas noches” dirían unos, “buenos días” dirían otros.

Los días como hoy en que las farolas del parque, por un fallo en el mecanismo que las regula, permanecen encendidas con un sol resplandeciente, ponen de relieve lo absurdo de esa pretensión.

lunes 12 de octubre de 2009

EL ESPECTÁCULO

EL ESPECTÁCULO

Un ruido estridente de sirenas de vehículos, me hizo levantar la vista del libro que estaba consultando. Pensé que podría ser una ambulancia trasladando a los heridos de algún accidente al cercano hospital. Me asome a la ventana y vi una caravana encabezada por dos coches de policía, seguidos de un gran autobús y otros dos vehículos policiales que la cerraban. Giraron bruscamente hacia la calle donde están los juzgados de la ciudad que justamente enfrentan la ventana de mi despacho. Del primer coche bajaron dos policías que en un plis plas despejaron la vía apremiando a los conductores que se habían atrevido a aparcar en segunda fila. El autobús paró frente a la entrada del garaje del edificio y, en un momento, unos doce policías bajaron de los vehículos, acordonaron la zona y dispusieron con vallas metálicas una senda entre la puerta del autobús y la del garaje. Toda la operación se desarrollo con gran rapidez, como en las películas de acción, o cuando en los telediarios se ve llegar a los mandatarios del mundo a una reunión oficial. Imaginé en un principio que tal dispositivo de seguridad tendría por objeto la custodia de alguna banda de narcos o de algún asesino en serie, pero deseché la idea al reparar en que todos los policías iban provistos de mascarillas y guantes. La gente se arremolinaba en los alrededores intentando ver lo que estaba ocurriendo. Dos magrebíes, harapientos, cansados, con la cabeza baja y esposados ente si, descendieron del autobús y, siguiendo las instrucciones de los policías, desparecieron por la puerta del garaje del edificio. Y otros dos, y otros dos, y así hasta cincuenta y tres pude contar. Mientras la gente cuchicheaba, allí estaban ellos, avergonzados, tirando como un par de bueyes del carro de su pobreza y también de su esperanza. Porqué no levantáis la cabeza y miráis a los ojos a los policías que os tratan como delincuentes y a los ciudadanos “de bien” que parecíamos disfrutar con el espectáculo. Ninguno seríamos capaces de manteneros la mirada.

Un tremendo malestar se apoderó de mí. Corrí dando arcadas hasta el pequeño servicio del despacho, casi metí la cabeza en el váter intentando echar fuera de mi cuerpo toda la mierda que se estaba revolviendo en mi interior, pero no eché nada.

lunes 28 de septiembre de 2009

OBSESIÓN (LA LÍNEA ROJA)

OBSESIÓN
(LA LÍNEA ROJA)

--- Cariño, ¿Te traigo tu gin-tonic?
--- Claro, es la hora. ¿Me acompañas?
--- No seas tonto. Sé que estos momentos son sólo tuyos. Además tengo cosas que hacer.
¡Es increíble cómo me conoce Alicia! Tantos años juntos y siempre en su sitio. Adivina mis pensamientos y mis deseos; sabe estar cerca cuando la necesito y desaparecer con cualquier excusa cuando me apetece estar solo. He dedicado toda mi vida a estudiar, pensar y reflexionar (al fin y al cabo me pagan por eso), pero estos momentos del atardecer del verano debieran ser para disfrutar de la música, del paisaje, de la tranquilidad… Y sin embargo no lo consigo. Las ideas que me obsesionan se me cuelan entre las notas y las nubes, parece que llegan a mi interior diluidas en los sorbos de licor y pinchan el globo de la tranquilidad de espíritu que aspiro a alcanzar dejando la mente casi en blanco.
Ya estás aquí otra vez, con nuevos matices, como telón de fondo de nuevas elucubraciones, de nuevas teorías que quizá no sean tan nuevas.
Como hecho natural y universal todo, casi todo, ( no debiera ser tan rotundo en mis afirmaciones) está dicho y filosofado sobre la muerte. Lo que me interesa últimamente es la muerte como resultado de la acción humana pero desde el punto de vista subjetivo del que la realiza. Y acotando más, no tanto me obsesiona la acción de proyectar u ordenar la muerte de un semejante ( en otros tiempos yo mismo lo he hecho), sino la acción directa de matar. Debiera fijar mi atención en soldados, asesinos, médicos, verdugos. ¿Qué sentirán cuando matan a un congénere? He tenido ocasión de cruzar mi mirada con la de algunos asesinos y hay algo especial en ella: en sus ojos se puede vislumbrar arrojo, maldad, miedo, arrepentimiento ,seguridad; pero , si tuviera que encontrar un común denominador en todos ellos, quizá sería la convicción o el sentimiento de haber traspasado una barrera.
Hay dos clases de hombres: los que han matado con sus propias manos a otro y los que no lo han hecho. Los que han cruzado por si mismos la línea roja que separa la vida de la muerte ,sin duda, constituyen una categoría especial.
--- Cariño, empieza a vestirte que estoy terminando de arreglarme. Cenamos con los Martínez. ¿Es que se te ha olvidado?
--- Voy; en diez minutos estoy listo.
La cena con un matrimonio amigo de toda la vida había sido muy agradable. Una ligera llovizna que comenzó a caer a media noche había limpiado las carreteras de polvo y de tráfico.
Apenas se habían cruzado con una decena de coches desde que dejaron el restaurante.
Fue solo un segundo. Las luces del coche que detectó por el retrovisor se le echaron encima hasta el punto de que le pareció inevitable que le envistiera por detrás. Sin embargo, en el último instante, el coche agresor cambió de carril, lo sobrepasó casi rozándolo y le recortó el espacio hasta sacarlo de la carretera. Sólo le dio tiempo a frenar y echarse a su derecha, quedando el coche inclinado con dos de las ruedas sobre el arcén y las otras dos pisando la gravilla de la cuneta.
Alicia que se había quedado dormida, despertó en un grito ante la brusquedad de la maniobra.
--- Ha sido solo un susto, cariño. Sigue durmiendo.
--- Conduce con cuidado.
--- Sabes que siempre lo hago.
¡Que cabrón! Ha puesto en peligro nuestras vidas en un momento. Iría borracho o drogado o quizá sólo quería divertirse.
No habría recorrido ni un kilómetro, Alicia dormía de nuevo y el semáforo en rojo, en medio de la nada, advertía de que estaban entrando en la ciudad. Allí parado vio el Golf. A medida que se iba acercando lentamente por detrás, podía oír la música discotequera que traspasaba los cristales del automóvil y su cerebro. Bajó del coche con cuidado y sin hacer ruido. Mientras caminaba sacó algo del bolsillo interior de la chaqueta. Se plantó frente a la puerta del conductor y tocó suavemente en la ventanilla.
--- ¡Que pasa, viejo!
El cristal de la ventanilla estaba todavía descendiendo cuando alzo la mano desde la rodilla y un sonido apagado, como el de los pequeños petardos que no explotan bien, apenas se oyó en medio de la noche.
Volvió al coche e inició suavemente la marcha cuando el semáforo se puso en vede, bordeando el obstáculo que tenía delante. Alicia seguía durmiendo.
--- Cariño, me voy a la cama. No tengo ganas ni de desmaquillarme.
--- Buenas noches. Que descanses.
Mientras se lavaba los dientes el espejo le devolvió una mirada que no era la suya.
--- Ya he saltado al otro lado. He traspasado la línea roja. Estoy, como diría, conmocionado.
No pudo dormir en toda la noche.

--- Buenos días, Margarita.
--- ¡Qué moreno viene usted, Sr. Juez!

viernes 24 de julio de 2009

LAS GAVIOTAS

LAS GAVIOTAS

Últimamente veo gaviotas por todas partes. Es cierto que vivo cerca del mar (mi vida transcurre entre mi casa frente al puerto y el apartamento de la playa), pero, hasta hace poco, no me había percatado de su presencia tan cercana.

Madrugo bastante y no es raro el día que veo amanecer. Fue una mañana, apenas clareando el alba, cuando sufrí mi primera impresión. Me asomé a la ventana desde la que contemplaba cada mañana la calle con los coches aparcados, el pequeño parquecillo donde jugaban los niños, y el puerto natural más antiguo del mundo. Todo, como siempre, parecía una fotografía en color ante la ausencia de movimiento; ni el mar se agitaba, ni los barcos se balanceaban, ni los coches transitaban por la vía que coronaba la espléndida muralla de Carlos III, ni se apreciaba rastro alguno de vida humana ni de ninguna otra clase.

En esto, una pareja de gaviotas que venía del mar se dejó caer desde el cielo y se posó en la baranda de piedra de la muralla. Estiraban el cuello que en algún momento parecía que se les iba a desprender del tronco, y emitían ese chillido tan desagradable con el que se deben comunicar, tan distinto del canto de los pájaros. El que por su tamaño e iniciativa me pareció el macho, saltó al asfalto inmediatamente seguido de la hembra, y ambos comenzaron a apeonar por el centro de la calle como si fuera suya. En un determinado momento, saltaron al techo de un Mercedes, como si desde tan singular atalaya quisieran controlar la tierra y el mar. Me llamó la atención lo grandes que eran, el porte dominador y desafiante de su caminar, y la ausencia de toda actitud que revelara miedo a aquél entorno tan distinto de su hábitat natural. En fin pensé que, de seguir así, los automovilistas tendrían que pitar para apartarlas de su camino, que acabarían compartiendo mesa con los comensales de las terrazas de los restaurantes, o atacando a las amas de casa que volvían del mercado para robarles el pescado de las cestas.

Llevaba tres noches sin dormir apenas. El calor asfixiante que a veces nos llega del Sahara a esta orilla del Mediterráneo, obligaba a descansar con las ventanas abiertas.

Tres noches llevaban las gaviotas graznando sin parar en tonos altos y bajos, siempre desafinados, recorriendo su peculiar escala musical sin descanso. Por lo que decían en el barrio se habían asentado en las laderas del Parque Torres, justo por detrás de mi casa, y habían sentado sus reales como ya lo hiciera Escipión cuando tomó la antigua Quart-Hadas. No tuve más remedio que comprar unos tapones de cera en mi afán de conciliar el sueño; pero ni aún así lo logré. Los graznidos de las gaviotas perforaban la cera como un cuchillo afilado la carne de un cochinillo hasta llegar al corazón de mi cerebro que, predispuesto, ordenaba la vigilia ante aquellos estímulos.

Cuatro noches de insomnio y cuatro paquetes de cigarrillos consumidos entre paseos nerviosos.

No quedaba otro remedio. Adelantaríamos nuestra marcha a la playa.

En la playa también veía a las gaviotas pero de otra manera. Las contemplaba más en el cielo que en la tierra. Surcaban el aire adentrándose en el mar en parejas o en bandos, y a veces sobrevolaban la playa a baja altura, hasta el punto de que desde la terraza de mi ático, imaginaba, yo que soy cazador, tiros certeros que abatían la pieza. Rara vez tomaban tierra y solo algún día a primera hora de la mañana, cuando la playa estaba desierta, la recorrían lentamente picoteando los restos de comida que quedaban en la arena. Los graznidos se oían lejanos y apenas molestaban. Sin duda provenían de la pequeña isla protegida situada justamente frente a mi apartamento a no más de tres millas. La sensación acústica era la de esos documentales de Nacional Geografic en los que una multitud de pingüinos chillan sin parar buscando a sus crías o a sus parejas.

Disfrutaba del paisaje con el sol levantándose del mar y dos cazas silenciosos se aproximaron sin hacer ruido desde mi derecha. Alcé la cabeza siguiendo su vuelo y un impacto pringoso hizo blanco en mi frente.

- Joder, me han cagado las muy putas. ¿Porqué tienen que cagar volando? ¿Porqué tienen que cagar sobre mi cabeza? ¿Porqué me persiguen estas ratas voladoras?

Corrí hacia el cuarto de baño antes de que el ungüento ácido caído del cielo me alcanzase los ojos.

La sala del trono de aquel reino extraño estaba abarrotada. Cientos de seres vestidos de gris y blanco, clamaban justicia. Gritaban sin parar: “Muerte, muerte al invasor”

- Oigamos el relato de la acusación en boca del Gran Sabio.

El Rey había alzado su voz por encima del griterío y un silencio espeso se adueñó de la estancia.

-Se acusa a este ser bípedo y peludo de haber entrado en nuestros parques de cría, con nocturnidad y alevosía, acompañado de otro ser de temibles fauces y empuñando una jabalina.

Se le acusa de haber intentado secuestrar a nuestros hijos y, ante la resistencia numantina de nuestros guardianes, haberlos lanceado hasta la muerte.

De acuerdo con nuestras leyes naturales, debe ser condenado a la pena capital.

- ¿Tiene el reo algo que alegar?

Un hombre desnudo, cubierto solo por las greñas de su pelo y su barba y con cicatrices de picotazos por todo el cuerpo, besaba el suelo. Se incorporó hasta quedar de rodillas ante su Majestad.

- Mi Señor, no tenía intención de matar a nadie. Solo pretendía reconquistar el espacio que poco a poco habéis ido hurtando a los de mi especie. Solo quería que volvierais a los acantilados, a las islas y al mar de donde nunca debisteis salir.

El Rey se levantó del trono visiblemente enfadado.

- No solo no os arrepentís sino que os rebeláis contra las leyes de la naturaleza que nos impulsan a todas los seres vivos a sobrevivir. Podría decirte que habéis esquilmado los océanos y muchas cosas más; pero no vale la pena.

¡Ejecutadlo!

- No, No Nooo…

Me incorporé en la cama como movido por un resorte. Procuré normalizar mi agitada respiración y limpiarme las gotas de sudor.

- Definitivamente, las gaviotas me están tocando las pelotas.

domingo 19 de julio de 2009

SENTIMIENTOS ENCONTRADOS

SENTIMIENTOS ENCONTRADOS


A media noche, leía en la terraza de mi apartamento.
Mire hacia el mar y vi dos lucecitas de linterna.
Cuando acabé el capitulo, volví a mirar y no vi nada.
Al amanecer retomé la lectura,
miré al mar y vi tres cadáveres flotando,
y uno más en la arena.
Por suerte, solo vi cuatro,
Podía haber visto muchos más.

jueves 16 de julio de 2009

ELEGIA

ELEGIA



Miguel, te has ido sin darnos cuenta.
Podría contar lo que hemos vivido juntos,
Podría volcar sobre el papel los sentimientos que me embargan,
Podría…. Pero no tengo fuerzas ni siquiera para intentarlo.
Solo una idea me machaca la cabeza y me tortura el alma:
¿Porqué? ¿Porqué tu?

domingo 17 de mayo de 2009

LA REVOLUCION PENDIENTE

LA REVOLUCION PENDIENTE




--- ¡Cuidado L1! Se nos viene encima una riada.
L1 se agarro con todas su fuerzas a las paredes rugosas del cañón y pudo ver como una lengua liquida y pastosa, que envolvía también elementos sólidos y compactos, se precitaba con fuerza hacia abajo, arrastrando en su camino a otros compañeros de trabajo que no habían podido ponerse a salvo de la avalancha.
--- L2, otros que se han ido sin que nadie haga nada. Bastaría con que nos avisaran por los altavoces o sonara una sirena para que no se produjeran estos accidentes. Pero parece que a los de arriba nuestra vida les importa un comino.
--- Llevamos mucho tiempo aquí y sabes que los directores sustituyen rápidamente a los que se van. La verdad es que no se como lo hacen. Es como si tuvieran una reserva de trabajadores permanente para cubrir las bajas continuas que se producen en este puto trabajo.
--- Una vez vi en la cantina a un tipo que me dijo que se llamaba G1 y que, con la copas, me confesó que trabajaba en un centro de reproducción donde se producían a la carta los individuos que en cada momento eran necesarios para que nuestro mundo siguiera funcionando. Ellos se limitaban a seguir las instrucciones de los Coordinadores –los N, ya sabes- que diariamente les proporcionaban el plan de trabajo.
--- Bueno vamos a descansar que, si no ocurre nada anormal, tenemos unas horas de asueto.
--- Oye sabes lo que se oye por ahí: que los Coordinadores nunca descansan. Incluso cuando todo está parado, ellos siguen maquinando.
--- Eso no puede ser. Todos necesitamos descansar.
--- Pues yo creo que el rumor debe ser cierto. Por algo son los que mandan, siempre mandan los mismos, y eso debe ser porque son distintos de los demás.
L1 y L2 se dirigieron a la cantina de su sector como hacían todas las noches antes de irse a descansar. Un borracho rompía la mortecina tranquilidad de la taberna y elevaba la voz por encima de lo permitido.
--- Todos los que estáis aquí sois una mierda. No sabéis nada de lo que pasa más allá de vuestras narices. Yo soy V5, vigilante de fronteras, y puedo deciros que pasan cosas fuera de nuestro mundo, que hay vida en el exterior muy parecida a la nuestra.
El camarero, no quería problemas y le urgió a que se marchara o dejara de hablar de cosas raras. Si seguía dando la murga llamaría a seguridad.
Un individuo alto y deforme se acercó al borracho y, con la excusa de quitarlo de en medio, lo sentó en su mesa junto a la que ocupaban L1 y L2.
--- V5, soy escritor y me gusta mucho hablar con la gente que tiene imaginación. Cuéntame algo de esas fantasías que quizá me sirvan de inspiración para un relato.
--- Quien coño eres. ¿Es que no me crees? Muchos vigilantes han muerto y yo he estado a punto de morir para repeler ataques exteriores.
--- ¿Y de donde vienen esos ataques exteriores, querido amigo?
--- De otros mundos como el nuestro. Hay millones de mundos como el nuestro con gente como nosotros.
--- Ja, Ja, ja. Es una historia magnífica para ponerla por escrito.
--- Te digo que es verdad y me estoy jugando la vida al decírtelo, so capullo. Pero es que no puedo vivir con este secreto pesando sobre mí. Y los cabrones de nuestros jefes nos van matando a todos los que hacemos este trabajo en cuanto sospechan que nos estamos dando cuenta de lo que hay. Otros van ocupando nuestro lugar en una renovación continua, casi sin enterarnos. A mi ya me debe quedar poco y por eso me da todo igual.
--- Soy C10, se que lo que cuentas es verdad y lucho con otros compañeros para que todo salga a la luz. Cuando todo el mundo sepa la verdad, los tiranos tendrán sus momentos contados.
Aunque los vecinos de mesa hablaban en un susurro, L1 y L2, picados por la curiosidad, habían conseguido enterarse casi por completo de la conversación. No podían dar crédito a lo que habían escuchado.
V5 se marchó y L1 se acercó a la mesa donde se había quedado solo aquel extraño personaje.
--- Perdona amigo. Mi compañero y yo estamos muy interesados en esa lucha de la que hablas.
--- Siéntate, y dile a tu compañero que se acerque.
L2 tomo asiento frente al desconocido sin ser consciente de que desde ese momento su vida y la de su compañero iban a cambiar. Y de qué manera.




Se habían reunido en los confines del mundo, allí donde casi nadie había llegado nunca. Pocos conocían la existencia de respiraderos abiertos al exterior, angostas ventanas del cosmos cuya función no alcanzaban a comprender aunque circulaban rumores sobre la importancia de su control.
La cueva, cerrada como una burbuja roja, junto al gran desfiladero que llegaba hasta las últimas fronteras, le pareció a la Organización perfecta para las reuniones secretas en las que se decidían las acciones más importantes del Ejercito Revolucionario. Era cierto que alguna vez al estremecerse el barranco, las cavernas colgantes adheridas a sus paredes habían explotado llevándose hacia lo desconocido a los reunidos; pero la seguridad era prioritaria y había que asumir ese riesgo.
--- Compañeros, hoy tenemos con nosotros a tres nuevos amigos dispuestos a incorporarse a nuestra lucha y dejarse la vida en el empeño. Han sido debidamente instruidos y saben que el paso que van a dar no tiene vuelta atrás. Son conscientes de que, cuando los que estamos aquí los abracemos, ya serán como nosotros y su vida no tendrá más sentido que inmolarse para derrocar a los tiranos. Por eso os pregunto ante todos: V5, L1, L2 ¿estáis dispuestos a entregar la vida a la Organización?
Los neófitos se miraron y, como si su respuesta fuera ya inevitable, y el si la única posible, clamaron en un grito:
---Sí, lo estamos.
Todos los presentes se acercaron lentamente hacia los tres entonando un canto monocorde, dejándose caer sobre ellos hasta enterrarlos entre cientos de miembros que pugnaban por tocarlos.
La sensación de claustrofobia les oprimió, pero apenas duró unos segundos: al momento todos fueron volviendo a su posición y quedaron situados en la misma formación circular que habían mantenido durante toda la ceremonia.
--- Ya sois parte del Ejercito Revolucionario. Enhorabuena. Ya no sois V5, L1y L2, sino C5, C1 y C2. Ahora disfrutad con vuestros compañeros. Luego os encomendaré vuestra primera misión.
Se sentaron en el suelo y compartieron dulces y te, cantaron y charlaron, impregnados de una felicidad desconocida para los demás mortales.
Entonces pudieron ver claramente las caras y cuerpos deformes de su correligionarios. Sus caras eran grandes y cuarteadas, como si hubieran ido expandiéndose a trozos. Pero la evidente fealdad de los demás no les incomodaba. Ellos tendrían que pasar por el mismo proceso.
--- Hola, compañeros. Soy C20 y procedo de la casta de los vigilantes.
--- ¿Es cierto lo de las ventanas y los otros mundos?
---Claro que sí. Yo estuve vigilando cerca de aquí y de vez en cuando una nave fusiforme horadaba la entrada y descargaba unos serecillos blancos que nosotros nos encargábamos de expulsar al exterior. Luego se retiraba como si hubiera logrado su objetivo y hasta la próxima.
L2 continuó con el interrogatorio
--- ¿Y hay más ventanas?
--- Si, claro. Un compañero me dijo que en la ventana en la que trabajaba ocurría algo parecido a lo que os he contado, aunque nunca recibían orden de los Coordinadores de expulsar a los agresores. Y otros que trabajaban en otras ventanas afirman que, sin que lo sepamos, constantemente entra desde fuera algo que no se ve.
C5 llamó a los nuevos soldados a una estancia apartada del núcleo principal, se sentaron tranquilamente y les informó sobre la misión del nuevo grupo de acción que habían pasado a integrar dentro de la Organización.
---La Dirección ha decidido que seáis vosotros los que llevéis a cabo una acción de la máxima importancia, quizá la más importante porque puede acabar con los tiranos, aunque también podéis morir vosotros y quizá todos los habitantes de nuestro mundo.
Nuestra división de inteligencia nos ha informado de que el día D a la hora H todos los Coordinadores se reunirán en el palacio rojo de la Ciudad de la Ciencia. Hasta conocemos el orden del día de la reunión: Quieren establecer un protocolo de comunicación con otros mundos; crear el lenguaje para contactar, diseñar los individuos que se encargaran de esa función y establecer las pautas de seguridad para mantener en secreto todo el proyecto.
Os hemos elegido porque habéis trabajado en las cañerías, acabéis de llegar a la Organización y no estáis fichados, y, por tanto, tenéis más posibilidades que nadie de llegar al palacio y destruirlo. Debéis procurar acabar con el mayor número posible de Coordinadores.
--- Estamos dispuestos a todo, C5.
Cuando se miraron buscando esa complicidad que da fuerza al grupo ante la adversidad, observaron las primeras líneas que dividían sus rostros y sus cuerpos.






Desde las alcantarillas llegaron hasta el Palacio por las cañerías que poco a poco se iban estrechando. La impresionante estancia hueca y retumbante, parecía hecha de telarañas de hielo de plastilina, esponjoso y deformable. Habían sorteado la vigilancia mimetizándose con las paredes y escuchaban inmóviles las intervenciones de los asistentes. Extrañamente los oían pero no parecían hacer ningún gesto que indicara que estaban hablando. Cuando uno de ellos se dirigía a otro se le encendía como una resistencia incandescente en la cabeza y una corriente de luz azul finísima, sin volumen, sin materia, lo enlazaba con su interlocutor que al contestar provocaba el mismo efecto. Aquello parecía una feria.
El Coordinador Jefe sentaba ahora las conclusiones de la reunión:
--- En los primeros contactos debemos trasmitir nuestros deseos de cooperación y ayuda. Es importante que se lo crean. Luego cuando hayamos conquistado los mundos exteriores será la ocasión de exigir nuestros derechos.
C1 pensó que no había que esperar más. No necesitaba saber más. Querían explotar los nuevos mundos como ya explotaban el suyo. Además en cualquier momento los descubrirían. Si ellos los podían oír dentro de aquella estancia, en cualquier momento podrían ser descubiertos.
Saltaron al unísono la barrera traslúcida del hemiciclo y a la carrera desgarraron las entrañas de aquellos seres dejando en su interior el germen de su destrucción.
Coordinadamente el Ejercito Revolucionario había atacado los centros neurálgicos del mundo y las revueltas populares habían colapsado las comunicaciones y los servicios.
El Big Ben era cuestión de segundos. Por fin cayó la tiranía y un mundo en el que no merecía la pena vivir.








--- No hemos podido hacer más. La metástasis ha sido generalizada y agresiva.
Aunque esperaban la noticia fatal, la mujer rompió en un llanto incontrolable al tiempo que se abrazaba a su marido o le pegaba puñetazos en el pecho. El trataba de calmarla rodeándole los hombros sin decir palabra. Dos lágrimas surcaban las hendiduras de su cara lentamente como si quisieran cristalizarse en ella.
---¿Porqué? Era tan joven, Dios mío.
---Enfermera, pase.
--- Aquí tienen a su nieta.
Cuando el hombre alzó a la criaturita en sus brazos, una mueca casi imperceptible, un esbozo de sonrisa, se abrió camino entre los rictus del dolor.
La mujer acalló sus sollozos al mirar a la pequeña.
--- Te llamarás Teresa, como tu madre.





--- De nuevo juntos, en otro barco, pero navegando. Creen los imbéciles que nos han destruido, pero no saben nada. Ni siquiera saben que en el conocimiento está el poder.

jueves 9 de abril de 2009

CROILO

CROILO


El silencio y la oscuridad se habían adueñado de la Villa. Poco antes de la medianoche nadie transitaba por las calles. Los borrachos que apuraban su última copa en los mesones sabían que, a partir de las doce, deambular por el poblado en su estado podía acabar dando con sus huesos en el calabozo municipal.
En la tortuosa calle en la que se agrupaban los talleres de relojería de la ciudad, sólo una casa presentaba signos de alguna actividad. Una luz tenue que apenas podía verse a través de las contraventanas descendía lentamente desde la planta alta a la baja, haciéndose algo mas intensa cuando su portador pasaba frente a los huecos que durante el día proporcionaban luz natural a la escalera.
Como todas las noches desde hacía más de sesenta años, el viejo maestro relojero bajaba antes de acostarse al taller para hacer su último trabajo de la jornada. La afinada y monocorde orquesta bien pareciera que estaba esperando a su director, cuya misión no era cambiar los registros del sonido o acompasar los acordes, sino darles su impulso para que ningún instrumento decayera un segundo y pusiera en peligro la melodía que, en su concepción del mundo, no podía detenerse ni un instante.
Cuando la luz del quinqué comenzó a desperdigarse por la estancia, la escasa vida que poblaba el taller se puso en movimiento: los ratoncitos se cruzaban en carreras alocadas de un lado a otro, rozándole los pies al maestro; las pequeñas arañas se desplazaban por los estantes con paso lento y señorial; y hasta las salamanquesas refugiadas detrás de los relojes de pared, daban un corto sprin para detenerse sobre la pared, ya solo protegidas por su mimética quietud.
Comenzó por los relojes más pequeños que descansaban sobre las estanterías y terminó ayudándose de una pequeña escalera para alcanzar los de pared. Procedía a limpiarles el polvo con una bayeta y a darles cuerda hasta llegar al tope del mecanismo. Terminada su tarea, la oscuridad se adueñó de aquel mundo nocturno pero la vida seguía allí, envuelta en el silencio monocorde del tic-tac de los relojes.
Cuando afrontaba el último tramo de la escalera, una fatiga asfixiante a la que esperaba desde hacía años, se le instaló en el pecho y apenas alcanzó el maestro a desnudarse y meterse en la cama.


El pueblo entero se había concentrado en la iglesia para despedir al maestro que era tenido en la comunidad por hombre sabio y trabajador, de buenas costumbres y conocedor de su oficio.
En primera fila la familia, la poca familia que le quedaba, seguía el funeral como ausente, cumpliendo el trámite que imponía la tradición. Solamente Croilo, un adolescente de doce años nieto del maestro, seguía con atención la homilía. El Párroco, revestido con una casulla roja y dorada, trataba de hacer llegar a la concurrencia la doctrina de la Iglesia sobre la muerte como un tránsito a la vida eterna, como un día de alegría para los que comparten la fe. De vez en cuando salpicaba el discurso de alusiones a las virtudes del hermano que, con toda seguridad, estaba ya en presencia de Dios.
--- Nuestro hermano, con sus obras en esta vida, se ha ganado el descanso para toda la eternidad, allí, donde no existe el tiempo, ni el sufrimiento, ni las pasiones, sólo la contemplación beatífica de la Divinidad.
A Croilo que adoraba a su abuelo no le gustaba lo que estaba oyendo. Sabía, porque el anciano se lo había explicado desde que tenía uso de razón, de su obsesión porque los relojes del taller no parasen nunca.
---Croilo, mientras los relojes estén marchando, la vida continuará.
Terminada la ceremonia, su padre y él mismo, recibieron el pésame de los vecinos que les estrechaban la mano como autómatas. Al volver del cementerio su padre le rodeaba los hombros con el brazo como si se apoyara en él.
--- Padre, al abuelo no le debe gustar estar en ese sitio que ha dicho el cura, en la eternidad; debe ser un sitio muy aburrido.
--- No digas eso donde te puedan oír, pero, sí, llevas razón. Al abuelo lo que le gustaba era vivir, aunque todos tengamos que morir algún día. Para el abuelo la vida éramos tu y yo y puky, nuestro perro, y todos los animales y cosas que nos rodean. No está en la eternidad como dice don Julián, sino en la vida, contigo y conmigo.
La vida es cambio, evolución, transformación y, desde luego, ese concepto de eternidad estática no comulga bien con su pensamiento en el que el tiempo era una apreciación subjetiva de la realidad en continuo progreso. Mientras alguien tenga la capacidad de percibirla, la vida seguirá. Bueno, Croilo, no se porqué te cuento estas cosas que tu no puedes entender.

Una sombra pequeña y frágil descendía por la escalera. Cuando la tenue luz del candil comenzó a desvirgar la oscuridad de la habitación, no se oía ni un ruido ni se apreciaba un solo movimiento. Todo permanecía inerte. Croilo comenzó a hacer lo que había visto hacer a su abuelo una noche en la que no podía conciliar el sueño y lo siguió sin que se diera cuenta. Comenzó a dar cuerda a los relojes de los estantes y terminó por los de pared. La orquesta se fue poniendo en marcha siguiendo la batuta del joven director. Los pequeños seres vivos salieron de su letargo y la vida se hizo presente de nuevo, renacida, en el taller del viejo maestro.

sábado 13 de diciembre de 2008

AL FINAL

AL FINAL

El día estaba resplandeciente como los otros quince que habían transcurrido desde que estaban juntos. El tiempo, por lo general revuelto en primavera, quiso acompañar los primeros momentos de la nueva andadura, quizá la última, que habían comenzado y que estaban dispuestos a vivir intensamente.
--Cariño, me parece mentira estar aquí, a tu lado, mirándote, con tu mano cogida. Hemos esperado tanto tiempo.
-- Fue necesario esperar y, ahora, tenemos que aprovechar no solo el tiempo perdido sino el que aun nos queda por vivir.
La mujer con su mirada traspasó las pupilas de su compañero como si quisiera escudriñar en su interior. Sus ojos verdes que empequeñecían el color del mar, le sonrieron (a veces la sonrisa se instala en los ojos).
--Sabía que eras así, tal como eres, tal como te intuí desde que te saludé por primera vez.
El rostro del hombre, cuarteado por la edad, mostraba unas bolsas oscuras enmarcando los ojos, pequeños pero aun vivos y chispeantes, que le hacían llegar a ella lo que sentía sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Comenzaron a andar por la playa desierta acariciados por los tenues rayos del sol que al elevarse sobre el mar parecía hacerles un guiño de complicidad. La soledad durante aquel paseo rutinario y vivificante, no les incomodaba. Habían dado tanto a los demás durante tanto tiempo que, ahora, por fin, eran conscientes de que había llegado su momento.